Hay quien mide los días en cafés. Pero el responsable de comunicación de Intersport Pamplona La Morea, Alejandro de la Rosa (Madrid, 1995) los mide en pulsaciones. En ese instante en el que la cabeza duda y el cuerpo decide. Alejandro tiene una adicción a la adrenalina –no declarada, pero evidente–. Por eso, cuando dejó el rugby profesional –hace apenas unos meses–, no eligió el descanso, sino el vacío: el frío, la distancia y el Ártico. Porque, de alguna manera, al bajar el ritmo pautado por la élite seguía necesitando comprobar dónde están sus límites. Durante años, su vida se desarrolló con mucha disciplina, pero también con monotonía: selección de rugby 7, circuito internacional, entrenamientos constantes, viajes encadenados... “Nos medían todo: el peso, la grasa, hasta el color de la orina”, recuerda. Y aunque viajara por medio mundo, no lo hacía libre. Por eso, cuando se retiró después de toda una vida dedicado a este deporte, su rutina cambió y enfocó todo su tiempo en el trabajo y en otras rutinas. Entre las que desapareció el deporte. De esta manera, quiso encontrar un hueco –lejos de la calma– para que prevaleciera ese nervio que tanto le caracteriza.

Así, la respuesta fue una travesía extrema –que realizó con un amigo suyo que organiza viajes extremos– de 120 kilómetros por el Ártico sueco, siete etapas en condiciones límite, autosuficiencia total, temperaturas de veinte grados bajo cero y una pulca de 60 kilos arrastrada sobre nieve virgen y hielo. “El momento más duro fue el primer kilómetro, que es cuando te das cuenta de lo que es este viaje y todavía quedan siete días en los que tienes que ir a contrarreloj porque nos devolvía a casa un bus que solo pasa a una hora concreta”. Ahí se rompe la idea romántica del viaje y aparece lo esencial: avanzar porque no hay otra opción. La ruta –la Kungsleden– desaparece bajo la nieve, los lagos se convierten en superficies inestables y el paisaje, aparentemente uniforme, obliga a una atención constante.

Los dos amigos, durante la travesía extrema. cedida

Negociar con el cuerpo

Cada jornada es una negociación con el cuerpo. Unos veinte kilómetros que se traducen en ocho o nueve horas de esfuerzo continuo. Además, ellos, al finalizar su día no iban a los refugios sino que tardaban una hora en montar sus tiendas de campaña. Con todo, sí que entraban para tener una tregua con el tiempo. Allí, el ritual es sencillo: una bebida caliente, calor, silencio y una norma no escrita: “Tienes que aportar agua y madera, porque no sabes cómo va a llegar el siguiente, que puede llegar en las últimas”.

Tiempo de descanso junto a la tienda de campaña y con una bebida caliente. cedida

Y en ese ecosistema coinciden perfiles extremos: exploradores, científicos, militares –recuerda, en concreto, a una militar australiana con la que competían para llegar antes a cada parada–. En cualquier caso, era gente acostumbrada a medir sus fuerzas con lo imprevisible que, de vez en cuando, llegaban completamente agotados y que cada día esperaban a Alejandro y Alex, que siempre eran los últimos en llegar porque caminaban con raquetas para ir más seguros. Y pese a las diferencias culturales, esperaban con ansias que sacaran queso y chorizo para romper con la monotonía de los alimentos liofilizados. “Era el choque cultural”, dice. O una forma de humanizar lo inhóspito.

Alejandro, con dos bastones de trekking en Intersport. Oskar Montero

Pero si hay algo que definió la travesía fue el silencio absoluto. No el silencio relativo de lo cotidiano, sino uno casi físico. “Dos horas sin escuchar nada… daba hasta un poco de yuyu”, confiesa. Porque solo estaba consigo mismo. Y es ahí donde el viaje se desplaza del cuerpo a la mente. “El segundo día llegué al límite. No podía más, y eso que yo he hecho deporte toda mi vida”. Pero en el Ártico esa frase no detiene nada. “Para salir tienes que llegar al final”. Y es ahí cuando el límite deja de ser un muro y se convierte en una línea móvil. “Te das cuenta de que puedes aguantar mucho más”. El último día se resume con una doble jornada, de unos 40 kilómetros, y un lago de nueve kilómetros que se empezaba a deshacer. “Los últimos diez kilómetros queríamos morir. Cada paso era de llorar”. Y, sin embargo, avanzaron. Porque el cuerpo, cuando no tiene escapatoria, responde.

El camino del “héroe”

Alejandro no vuelve del Ártico con una hazaña que exhibir, sino con una constatación íntima. “Volvió mi parte deportista, como un click”. No la rutina ni la disciplina impuesta, sino la necesidad de exigirse, de tensar el límite. “¿Por qué vamos a estar malgastando nuestro tiempo siendo normales en lugar de vivir al límite?”, se pregunta. Y en esa frase lo condensa todo: la adrenalina como forma de vida, no como exceso, sino como lenguaje. O como forma de estar en el mundo.