Es evidente que cuando las leyes y la soberanía nacional se las salta Estados Unidos el bloque occidental se baja los pantalones y ahonda en sus declaraciones solo en los supuestos beneficios que la ilegalidad pueda suponer para el país o para sus habitantes. Esta vez no ha sido distinto en Europa (salvo España y Le Pen). Al menos Trump, como está tarado, suelta lo que los demás callaban: el petróleo, controlaremos el país, etc.

Vamos, nada que sorprenda, quizá lo sorprendente eran los cinismos precedentes, aunque vista la inocencia de la opinión pública igual muchos llegaron a creer que las decenas de intervenciones yankees buscaban la mejora de los pueblos intervenidos. Así las cosas, son buenas las manifestaciones en contra de la intervención, puesto que así no se puede ir por el mundo, es lamentable y vergonzoso. Eso sí, tampoco es igual que manifestarse a favor de que siga una situación que tiene al borde de la miseria a un país, muy alejado de una democracia asentada. Cada cual es muy libre de tener sus filias e ideales, claro, pero chirría tenerlas a miles de kilómetros de distancia, mientras se vive en un país desarrollado, bastante seguro, con una economía compleja pero mínimamente estable, cuando llevar chapas en las chaquetas y banderas en las manifestaciones sale gratis.

En los 80 y 90 y posteriores me harté de conocer enamorados de proyectos externos –igual que ahora, con políticos a la cabeza– que no hubieran durado un mes en aquellos países y que por supuesto apoyaban, a distancia prudencial, aunque supongo que forma parte de la historia del ser humano. Por desgracia, el pueblo venezolano seguirá siendo el pagano, al menos por ahora, de una situación de enorme inestabilidad, precariedad y falta de horizonte. Desde mi sillón me resulta grotesco decirles que con Maduro estaban mejor. También que lo estarán con Delcy Rodríguez. Qué sé yo.