Cuando Raúl cruzó la puerta metálica de Tajonar en el primer entrenamiento de la semana, su móvil todavía parecía vibrar, no por una actualización que se quedó a medias, sino por la avalancha de mensajes que, a buen seguro, empezó a recibir a partir de las 20:30 del sábado, cuando su gol puso fin a 15 años sin ganar al Real Madrid. Entre felicitaciones sin responder y avisos aún sin abrir, empezaba a comprender que un instante había cambiado su futuro deportivo. El pasado ya está escrito, pero el futuro apunta a algo prometedor, aunque aún queda todo por construir.

Se habrá repetido, para mantenerse firme, aquello de “ni soy tan bueno ahora ni…”. Un tópico, sí, pero también una respuesta segura en semanas como esta. Aunque, en el fondo, no podrá evitar pensar que tal vez sí está preparado para algo grande. El vestuario, mientras tanto, hará lo que sabe, vacile del bueno, miradas de complicidad y “te queremos” disfrazadas de frases como “no es pa’tanto” o “no se te suban los humos”. Es el código no escrito de cualquier grupo joven y ese espíritu tan futbolero de que lo que pasa dentro se queda dentro.

El gol que marcó Camuñas en aquella victoria (ya penúltima) ante el Madrid en el Sadar fue el impulso que necesitaba, la temporada siguiente disputó la Champions y jugó casi 30 partidos en el Villarreal. Después encadenó dos descensos consecutivos, el segundo sacudido aún por las réplicas de aquellos años tan buenos del Super-Depor, y su carrera no remontó y acabó de forma temprana. El ejemplo es claro, un gol así impulsa, pero su efecto dura lo que dura, y el fútbol no tiene memoria ni espera a nadie. Todavía se le recuerda con cariño en Pamplona.

Que este gol no quede en anécdota para Raúl dependerá de él y, en parte, de la buena suerte. Es cinco años más joven que su predecesor en aquel momento y tiene más futuro que pasado. Su recorte y definición levantaron a la ciudad, VAR mediante, dos veces. Y aunque es probable que el domingo vuelva a sentarse junto a Lisci, tiene condiciones para que se le vuelva a encender la luz allí donde a la mayoría se le apaga, cerca de la portería contraria. Y ahí le esperamos. Para ello deberá recurrir a un arma que a veces pesa más que la calidad, la humildad. Bien gestionada, suele ser sinónimo de éxito y acaba aportando más que cualquier amuleto de la suerte.