Lunática, cíclica -ciclotímicas nos llaman-, vuelvo a mi ciclo lunar, la marea de la UCI B, mi plenilunio. La vida no tiene ni principio ni fin. Simplemente es. La UCI B me lo mostró.
Y hoy allí sigo dejando fluir su intensidad, su misterio, su niebla. Su atracción. La luna tiene sus fases. Hay momentos que ni la vemos, pero está. Así la sedación. Luna nueva. Inmergida en la diosa Mari cual lamia pirenaica. Y al despertar, me saciaré de tu semblante. Recorrí los rostros de los que me tuvieron desnuda y muerta. ¿En qué extraño desvarío los vi? Como si los hubiera conocido en estados previos. Saliendo de la caverna platónica. “Estabas dormidita” susurró una auxiliar.
Descenso a los infiernos. Allí, en aquel lugar ignoto estaban ellos, los de aquí, mis amadísimos médicos de la UCI B y de los de allí: los que me amamantaron. Conjunción astral, comunión de los santos. Sus decisiones salvaron mi vida. “Estuve muerto pero ahora vivo”, reza Apocalipsis. Ulteriores ecografías remitían a un tacto previo, amoroso, delicado. Mis células lo reconocían. Y mi ser se fundía simbióticamente con los tres médicos que entrañablemente amorosos me asistieron. Cardiognosis de la sedación. Supe quiénes eran. Yo en ellos y ellos en mí. Uno en el amor. Simbiogénesis. La maravilla de la sedación. Síntesis biográfico-espiritual. Mi periplo vital me había conducido allí. Comprendí cuán relevante me era la cultura, el amor perdido, el camino hollado. ¡Cuán amado! ¡Cuán posibilitador! Cientificismo, teísmo, empirismo o robótica inanes ante el abismo de la imperceptibilidad. Toda ciencia transcendiendo.
¡Oh, lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
(Juan de Yepes)