Virus, barcos y batas blancas
Hay nombres que tienen una capacidad extraña de devolvernos al pasado. Uno escucha de nuevo a Fernando Simón, con su tono tranquilizador, explicar que el brote de hantavirus a bordo del Hondius no parece que vaya a suponer un riesgo para España y no puede evitar sentir una corriente de aire frío en la nuca y, durante un segundo, la tentación inexplicable de comprobar si en casa queda papel higiénico suficiente para afrontar el fin del mundo con cierta dignidad.
Durante aquellos meses en que todo quedó en suspenso, los aplausos de las ocho fueron la manera en que una sociedad asustada agradecía a quienes seguían manteniendo el pulso firme frente al coronavirus.
Recuerdo que en aquel momento andábamos los médicos inmersos en reivindicaciones laborales y jornadas de huelga. La vocación se impuso: primero el paciente; después, todo lo demás.
Por un tiempo, la mirada hacia nuestra profesión cambió.
Hoy, quienes dirigen la política sanitaria en Navarra han conseguido, en tiempo récord y con especial virulencia en las últimas semanas, una transfiguración difícil de explicar: de los héroes de entonces a los villanos de hoy. Y es que no todos los virus viajan en barco; algunos se inoculan desde el relato institucional en forma de sospecha, desprestigio e insinuación persistente de que el médico no cumple, no se compromete o es el origen del problema. Así que, entre el hantavirus del Hondius y el capitán que no abandona el barco la metáfora marina viene servida. Solo queda aclarar si alguien está realmente gobernando la nave o si la sanidad navarra se limita ya a confiar en que amaine sola la tormenta.
En Traumatología, donde navego desde hace 28 años, cada cual capea el temporal como buenamente puede: unos aguantan en silencio, con disciplina, prudencia y estoicismo; otros lo vivimos con agotamiento, pesadumbre, con la injusticia desbordando los bolsillos de la bata. La dimisión del jefe de servicio tras los embates del departamento de Salud nos ha dejado en una situación extraña, con un equipo señalado, enrarecido y descabezado. La presión externa ha terminado colándose en pasillos, quirófanos y consultas, porque estos ataques no quedan en ruedas de prensa o titulares, sino que terminan interfiriendo en el trabajo diario y alterando el día a día en el hospital.
Y en ese ambiente –tan estimulante para la vocación– se sigue pretendiendo que la disminución de las listas de espera dependan de la actividad extraordinaria, como si las peonadas fueran una especie de anexo no escrito del juramento hipocrático. Durante años han servido para tapar carencias estructurales, pero no pueden convertirse en el sostén de la sanidad pública ni exigirse a costa de la salud de quienes las realizan. Tampoco parece serio responsabilizar al médico de esa demora asistencial al no prolongar indefinidamente su jornada, como si el problema fuera la escasa generosidad de quienes llevan años garantizando la atención médica dentro de un sistema que luego descubre, con enorme sorpresa, que necesita gestión, recursos y organización.
Y, sin embargo, en medio de este ruido hay algo que todavía sostiene. En la consulta, cuando se cierra la puerta y el paciente deja de ser una cifra para convertirse en alguien de carne y hueso y… alma, muchos hablan con una claridad que fuera parece escasear. Los que nos conocen bien, tras años de enfermedad o lesión, reconocen que el relato del médico culpable no encaja ni con calzador. Otros, cada vez más, ya en sus primeras visitas nos animan, se solidarizan, rechazan esa versión del villano de bata blanca y a veces ocurre una inversión curiosa: quienes vienen a ser atendidos acaban haciéndonos a nosotros una psicoterapia inesperada. Tiene su ironía y también su belleza.
Porque al final, ellos, los pacientes, son la razón de nuestra profesión. Y ellos lo saben. Y seguiremos tratándolos como hemos hecho siempre.
Pero estar al lado del paciente no significa callar, ni exige renunciar a nuestros derechos laborales. Si de verdad preocupa el rumbo de la sanidad navarra, quizá convenga señalar menos a quienes reman y mirar un poco más a quienes, desde el puente de mando, abren vías de agua mientras anuncian, con gran solemnidad, que serán los últimos en abandonar el barco.
La autora es traumatóloga del HUN