Es evidente que en los últimos milenios y en el mundo occidental del que formamos parte, el alimento considerado como primordial era y sigue siendo en gran medida el pan, conseguido a través de la cocción de la masa de harina de trigo u otros cereales. Fue el día 12 de septiembre de 1527 cuando los regidores del ayuntamiento de Iruñea decidieron apartar una parte de su presupuesto de gastos, 10 000 libras navarras, y destinarla o vincularla a la compra de trigo y su transformación en harina, con vistas a que el suministro de pan a toda la población fuera asegurado a un precio asequible. Ese gasto se instituyó como permanente, de forma anual, y obligatoriamente «vinculado» al mencionado objetivo de que no faltara el pan en la ciudad. Queda de esta forma constituida como una institución y de lo antedicho se le comienza a llamar «El Vínculo», denominación que permaneció mientras estuvo activa, hasta el año 1933, es decir algo más de cuatro siglos. Hoy en día a la calle y plaza en donde tuvo su sede y actividad principal se les llama oficialmente la calle y la plaza del Vínculo.
Es importante señalar que no debe confundirse a este con el llamado Vínculo del Reino, fondo monetario procedente de los arbitrios y aduanas de productos, como el tabaco, cacao o azúcar y que se utilizaba para el mantenimiento de las Cortes y la Diputación. Por otra parte, aclarar que, aunque el Vínculo de Iruñea fue el primero en instaurarse en Navarra, pronto las ciudades más importantes y populosas del reino instituyeron vínculos similares. Se conocen hasta en treinta poblaciones y sus normas y reglamentos se recogieron en 1735 en la Novíssima recopilación de las leyes del Reino de Navarra, obra del jurista pamplonés Joaquín de Elizondo.
En el siglo XVI la ciudad contaba con una población de entre cinco y seis mil personas y las diez mil libras asignadas o vinculadas eran teóricamente suficientes para cubrir las necesidades diarias de pan de todos los habitantes. Inicialmente el Vínculo no poseía hornos o tahonas y su actuación se limitaba a comprar el trigo, molerlo en sus molinos municipales de Santa Engracia y Biurdana, utilizando después en régimen de alquiler algunas tahonas particulares para poder elaborar el pan. Por razones no claras, seguramente de mala gestión pero que el consistorio consideraba ajenas, en los primeros 138 años de su historia la institución perdió hasta 47 000 ducados de plata. Ante esta situación de descalabro financiero solicitó ayuda al rey de España Felipe IV que, en 1665 y previo «donativo» de nueve mil ducados a la propia casa real, concedió una cédula al Vínculo por la cual se le aseguraba la exclusividad de la venta de pan en la ciudad.
A pesar de este privilegio, el Vínculo tenía que luchar continuamente contra los panaderos particulares, que buscaban cualquier estratagema para incumplir la ordenanza. Esto hizo que se decidiera hacer un edificio propio para fabricar el pan. Así en 1764 se construyó el primer edificio que serviría de tahona, denominado «casa de los hornos» u «hornos de la ciudad», aledaño a la Casa de Misericordia, en lo que muchos años después sería paseo de Sarasate (1). El trigo adquirido por el Vínculo se iba a almacenar en otro edificio, el llamado Pósito Municipal, construido en 1769, en donde después se edificaría el Mercado de Santo Domingo. Allí se almacenaban hasta 120 000 robos de trigo y las harinas y salvados producidos en el molino municipal, además de acoger el mercado público.
Durante la francesada, a principios del siglo XIX, el suministro a las tropas napoleónicas instaladas en la ciudad agotó las reservas de trigo y harina municipales. El Vínculo quedó anulado y la fabricación de pan quedó en manos de panaderos particulares que especulaban con su precio. La población civil quedó en buena parte desguarnecida de pan. En 1815, aunque el ejército francés ya había sido expulsado y la ciudad liberada, la carestía y la falta de suministro seguía siendo patente, lo que causó una importante protesta de la población, que se manifestó masivamente frente a la casa consistorial. La respuesta del ayuntamiento fue inmediata, primero gastando 4000 pesos de sus arcas para comprar harina, aunque fuera a elevado precio, y poder mantener el pan a un precio asequible. Tras esta favorable reacción municipal, en 1818 se decidió restaurar la actividad del Vínculo, con objeto de mantener el suministro y el precio de dicho producto durante todo el año.
El 2 de julio de 1837 un pavoroso incendio destruyó la mayor y mejor parte de la fábrica y gran cantidad de la harina almacenada. El importante gasto en la rehabilitación de la casa de los hornos tuvo que ser asumido por el consistorio. Este seguía por la labor de mantener el Vínculo activo y dar así un buen servicio a la población. En 1846 se compró una máquina de limpia del trigo para el molino municipal de Sta. Engracia, operación de limpieza que hasta entonces había que hacer a mano. Además, en 1854 se le dotó de maquinaria moderna para el cernido y se incrementó la cantidad de piedras de moler hasta siete pares, cuando hasta entonces solo tenía dos (2). Seguidamente, entre 1855 y 1861, se modernizaron los hornos y se instalaron dos amasadoras mecánicas sistema Rolland, muy innovadoras en la época, que eran movidas por la fuerza de una caballería.
Pero el propio caserón de los hornos se iba quedando viejo y obsoleto, por lo que en 1862 se encargó al maestro de obras José M.ª Villanueva la construcción de un nuevo edificio para albergar al Vínculo y todas sus instalaciones. Se trataba de un edificio construido sobre un solar de 24 796 pies de superficie, de planta rectangular de 76 por 25 metros, situado en perpendicular al ya entonces denominado paseo de Valencia y pegado al gran caserón de la casa de Misericordia. Constaba de planta baja, de casi mil novecientos metros cuadrados, más tres alturas de la misma superficie.
La planta baja estaba ocupada fundamentalmente por la propia tahona, hornos, amasadoras, almacenes, cuadras, etc. También iban a trasladarse al nuevo edificio los almacenes de trigo, harinas y salvados desde el Pósito de la plaza de Santiago. Pocos años después, el Pósito sufrió un voraz incendio y en su solar se construyó el nuevo mercado de Sto. Domingo. Como veremos más adelante, las plantas superiores del Vínculo, además de albergar la estancia y oficina del administrador principal y encargados subalternos, iba a utilizarse para usos múltiples. El coste de la construcción del edificio, terminado en 1864, fue de 1 254 200 reales de vellón, equivalentes a 303͏ 550 pesetas y su primer administrador fue Lucio Lizasoain (3).
Ese mismo año de 1862 se publicó el Reglamento para las Secciones del Vínculo de la Ciudad de Pamplona, redactado por el secretario Pablo Illarregui y aprobado por el pleno municipal. En él se establecía que el gobierno y dirección quedaba en manos de una Comisión formada por cuatro o cinco concejales, de los cuales cada semana uno era el encargado, el «comisionado semanero».
A las órdenes de la Comisión quedaba el administrador principal, cuya responsabilidad era el buen funcionamiento del establecimiento, así como estar al tanto de las posibles novedades técnicas y de promover los ensayos que pudieran establecerse. A su cargo estaban el subdirector encargado de la sección de amasado, otro encargado del almacenamiento de trigo en el Pósito y un tercero dirigiendo el molino municipal de Sta. Engracia.
Los trabajadores del establecimiento se dividían en brigadas, que trabajaban por turnos en la elaboración del pan. Cada brigada tenía una determinada marca o forma de greñar el bollo de pan, de forma que si había algún problema para su consumo inmediatamente se sabía qué brigada había sido la responsable (4). El pan salía del Vínculo en manos de panaderas que trabajaban a comisión (1%), debiendo fiar previamente el costo de lo que se llevaban. El Vínculo pamplonés tenía unas instalaciones y una forma de hacer que llamaban la atención en la época. El afamado viajero y escritor catalán Juan Mañe y Flaquer dio mucho valor a la institución y al edificio que la albergaba, dedicándole en 1878, varias páginas de su libro “El Oasis. Viaje al país de los Fueros”.
En abril de 1885 se instalaron dos máquinas de vapor de 4 CV cada una con objeto de elevar tanto el agua como otros materiales hasta los pisos superiores del edificio. Parecía que con tantas mejoras técnicas y con el nuevo edificio se iba a producir una revitalización de la institución. Sin embargo, no fue así y en la memoria balance de 1894 se reflejaron importantes pérdidas. Esto hizo que se planteara un debate sobre su continuidad, debate que ocupó muchos plenos municipales, algunos extraordinarios, a lo largo de 1895. Finalmente se decidió su continuidad, redactándose un nuevo reglamento y nombrándose como nuevo administrador a José Villanueva en sustitución del anterior Lucio Lizasoain.
Por otra parte, ya desde su inauguración se había constatado que el edificio, con cuatro plantas de casi dos mil metros cuadrados cada una, resultaba excesivo para albergar la actividad del Vínculo. Así se decidió darle otros usos complementarios. Durante el último tercio del siglo XIX fue utilizado como edifico municipal multiusos, en cierto modo equivalente en su actividad a los actuales Civivox.
La primera noticia al respecto es la organización de sesiones de baile en una de sus salas por el casino Principal, que en aquellos años tenía su sede en la casa de los Toriles de la plaza del Castillo y su local era excesivamente pequeño para los bailes. Durante los sanfermines de 1883 se organizó una importante exposición de objetos recopilados por la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, exposición que ocupó varias salas del edificio y resultó muy visitada y valorada por el público. También tenía allí su sede la Sociedad de Socorros Mutuos de Artesanos, su local de ensayos el Orfeón pamplonés y la orquesta Santa Cecilia. Desde 1897 fue asimismo sede de la Cruz Roja de Pamplona.
En 1886 hubo una propuesta para instalar la Audiencia Provincial en el edificio, aunque no llegó a efecto y pocos años después se le dotaría de un edifico nuevo y propio en el recién creado primer ensanche de la Ciudad. También se desechó una propuesta de la Guardia Civil para albergar una guarnición en el Vínculo.
Quizás el más importante de sus usos fue el docente, con la instalación en 1895 de una escuela de primaria y enseñanza media, a añadir algunas pequeñas escuelas municipales que ya existían en las calles Calderería, Nueva, o Estafeta. La escuela tuvo desde su inicio más de cuatrocientos alumnos entre niños y niñas, por supuesto en aquella época separados en aulas distintas, con profesores hombres para los niños y mujeres para las niñas. Sin embargo, tenían una entrada común a las aulas lo que pronto llevó a una protesta de algunos padres. Finalmente se atendió la protesta y hubo de habilitar otra puerta para que niños y niñas no pudieran mezclarse al acudir o salir de clase. Eran, evidentemente, otros tiempos. La escuela estuvo activa en el Vínculo hasta el año 1905, en que se inauguraron las nuevas Escuelas Municipales de San Francisco, en la plaza del mismo nombre. De la misma forma, también estaban en el edificio las Escuelas de Artes y Oficios y la de Música, hasta que en 1896 fueron trasladadas al cercano y nuevo edificio de la Alhóndiga, al otro lado de la plaza del Vínculo.
A partir de 1910 se volvió a cuestionar el cierre de la institución del Vinculo y el derribo tanto de su edificio como del aledaño de la casa de Misericordia. Tras el desengaño de la población posterior a la creación del primer ensanche, pues este que no satisfizo sus necesidades, la ciudad, encerrada entre murallas, estaba muy necesitada de terrenos para la edificación de viviendas. En aquellos años aún se estaba a la espera de la resolución de las negociaciones para el derribo del frente sur de la muralla y el inicio del desarrollo del nuevo ensanche. En uno de los plenos municipales, un concejal refiriéndose al edificio del Vínculo, objeto de este trabajo, decía: un edificio que sirve para todo, acaso porque no sirve para nada.
En abril de 1918 la mitad del edificio lindante con el paseo de Sarasate fue vendida por el Ayuntamiento al Estado español, para construir en el solar resultante de su derribo el nuevo edificio de Correos y Telégrafos (5). El precio de venta fue de 68 000 pesetas, aunque después la demolición de esa mitad del Vínculo, a cargo del consistorio como parte vendedora y adjudicada mediante subasta a Aniceto Goñi, costó 32 000 pesetas. La otra mitad del edificio del Vínculo albergó la panadería en su planta baja hasta el 20 de marzo de 1933 en que cesó su actividad. Habían sido algo más de 400 años de historia de la institución.
El edificio estuvo en estado de semi abandono hasta su derribo a finales de 1939, aunque como dato anecdótico durante los años de la guerra albergó un batallón de soldados italianos, los Bersaglieri, soldados que luchaban en apoyo del ejército franquista. Sus guardias en la puerta del Vínculo, con sus vistosos cascos adornados por plumas coloreadas, causaban sensación entre muchos viandantes. Tras el derribo se construyó en su lugar un gran edificio de siete plantas, inicialmente propiedad de la fábrica de cementos portland de Olazti, que por el emblema de la empresa colocado en lo alto de su chaflán se llamaba popularmente el edificio del cangrejo. Fue el final de una institución municipal, solidaria y benéfica, que, aunque con más de un altibajo, durante cuatro siglos dio un importante servicio a la población de Iruñea.