Puro psicodrama. Tensión infinita. Chantaje distorsionador. Aires de venganza. Demasiado olor a sangre política. Emoción, eso sí, hasta el angustioso final esperando el resultado de una votación repetida por el error de un diputado de Sumar. Cierto esperpento entre las cuatro paredes del Senado y sobre todo, la insoportable angustia a chorros para un Gobierno que parecía un muñeco de trapo de mano en mano durante una jornada cardiaca, presa de agonías, coacciones, rumores y mercadeos. Con todo, se salva del desastre cuando parecía un barco hundido, según muchos pronósticos de distinto signo político. Sin embargo, como en él es habitual, Sánchez se salva bajo la campana y elude la derrota que empezaba a saborear Feijóo y que, incluso, muchos temían dentro de la bancada socialista. El presidente saca adelante dos de los tres decretos que pretendía, aunque en el arriesgado propósito se lleva una cornada por el sofoco padecido que le dejará huella. Tanto desasosiego, paradójicamente, vino a acabar con una sorpresa. Y no podía ser otro el protagonista: Junts.

La fotografía resulta turbadora, pero muy indicativa. De un lado, Puigdemont evita intencionadamente el golpe de gracia al Gobierno a última hora mediante un inesperado rechazo de sus diputados a ejercer el derecho al voto. Eso sí, lo hace maquiavélicamente después de dejar muy tocado al PSOE. Este partido se ha visto sometido al sofoco de una insufrible humillación durante días atendiendo las peregrinas coacciones de las terminales de Waterloo, en Barcelona y Madrid. De otro, Podemos se cobra de una sola vez todas las deudas y sapos –que son muchos– acumulados contra Yolanda Díaz desde la deshonra de las elecciones andaluzas, aunque tenga que alinearse en tal venganza junto a PP y Vox, como se lo endosó la vicepresidenta gallega, la principal derrotada, mientras enjugaba su disgusto particular. Por tanto, dos enemigos declarados, y siempre con la mecha de la munición encendida, dentro de esa casa de conveniencia que se ha venido a llamar mayoría parlamentaria.

Una imagen descorazonadora por decepcionante para aspirar siquiera a una mínima estabilidad, no solo debido a la precariedad parlamentaria de Pedro Sánchez sino a la hiriente endeblez de esta mayoría, plagada de intereses contrapuestos y, peor aún, de rencores y desconfianzas declaradas. Y enfrente, una oposición frotándose las manos por el mal ajeno, aunque en el envite se dilucidaran cuestiones de Estado y de interés ciudadano. ¡Joder qué tropa!, que diría Romanones.

En esta ocasión, pudo más el fuero que el huevo. Más allá de la lógica trascendencia de la suerte final de las votaciones –con un balance para el Gobierno menos hiriente que el barruntado en los tediosos y encorajinados debates del pleno–, en la retina quedará la desgarrada escenografía que desnuda la cruda realidad de esta insoportable legislatura. Es inadmisible para el sentido común democrático que los siete votos de Junts vengan a condicionar el rumbo institucional y legislativo cada vez que no se atiendan sus caprichos, que se prevén reiterados y variopintos. Tampoco parece soportable que el desgarro interno provocado por una descarada pelea de intereses egoístas comprometa una acción de gobierno. Sin embargo, puede ocurrir todo lo contrario. Los designios de Sánchez son inescrutables. ¿Quién se había imaginado el cambio de guion de Junts en las votaciones? Todo un día rastreando cada una de sus pisadas dentro del hemiciclo, en la abarrotada cafetería y en los angostos pasillos del Senado. Escrutando cada advertencia conminatoria de uno de sus diputados para acabar lavándose las manos. Nadie pensó en incluir esta maniobra eximente dentro de las mil y pico cábalas que se fueron sucediendo entre quienes se afanaban por interpretar cada rumor según su conveniencia mediática.

Una atención infinita hacia este sector independentista que trae a ERC por la calle de la amargura. Estos republicanos soberanistas han perdido el foco mediático y no aparecen visos de que lo vayan a recuperar ni siquiera con debates como el de ayer en el rechazo de las absurdas enmiendas de la (ultra) derecha a la futura ley de amnistía, una polémica iniciativa legislativa que quedó aislada esta vez en el rincón del escaso interés. El sonoro sopapo de Podemos a Yolanda Díaz, de difícil justificación desde posiciones de izquierda, y el manoseo de la figura de Sánchez entre los dedos políticos de Puigdemont tuvieron la culpa.