Daniel Innerarity saca nuevo libro con Galaxia Gutenberg. Recién galardonado con la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, el filósofo ha consagrado gran parte de su trayectoria al análisis de los fundamentos democráticos y sus dilemas, y ahora analiza el porvenir del sistema. “Parto del orgullo por esa democracia a la que tenemos que hacer un montón de ajustes, pero sin arrojarla por la ventana. Es un gran invento”.
Aborda un tema que lleva investigando toda su vida intelectual, ahora más popular al verse la vulnerabilidad democrática.
–Había leído el libro de Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, y le he copiado el título. Su libro estaba escrito en un momento muy positivo de gran desarrollo y democratización del mundo, con cantidad de países que accedían a la democracia. El mío viene en un contexto en el que somos más conscientes de la posibilidad de regresión, cosa que en los años ochenta era casi impensable.
¿Ha tenido que revisar posiciones?
–Los filósofos volvemos a asuntos que ya creíamos haber resuelto. Es un poco un trabajo de Sísifo, nunca acabas de resolver propiamente nada. La vida social y política cambia y a veces incluso retorna a donde estaba, porque hay ciclos. Mi intuición fundamental al comienzo de mi vida académica fue que la política se tenía que adaptar a unos cambios sociales para los cuales no estaba preparada. Creo que esa idea se mantiene. Eso sí, el tipo de cambios que se han producido no eran previsibles. Por ejemplo, que la Inteligencia Artificial iba a tener ese desarrollo y ese impacto en la democracia. Pero la democracia tiene que permitir más complejidad. Esa idea sigue siendo válida.
¿Qué ha hecho clic en la sociedad para que ahora detectemos una crisis de la democracia liberal?
–Sin duda la llegada de Trump al poder, especialmente en su segundo mandato. La promiscuidad de la Casa Blanca con Silicon Valley la inició Obama, no en el sentido de Trump evidentemente. Pero seguramente ahora Obama pensará que abrió una puerta sin saber que iba a dar estos resultados. En el momento de implosión de las tecnologías de internet y de la IA había un optimismo excesivo en cuanto a su capacidad de producir automáticamente una democratización. Pensemos en las redes como paradigma de la democracia, en la Primavera Árabe, en la promesa de que íbamos a tomar mejores decisiones y más democráticas. Ahora mismo hay un determinismo negativo, donde se confiere a la tecnología el mismo poder, pero en un sentido siniestro. Hay que romper ese determinismo, tanto el positivo como el negativo, y volver a considerar que la tecnología tiene que ser democratizada, configurada de acuerdo con criterios políticos.
Somos proclives al volantazo...
–Seguramente una de las obligaciones de los que nos dedicamos a pensar estas cosas es no rendirnos a la fácil tentación de los análisis demasiado negativos. Ahora el prestigio intelectual se adquiere muy rápidamente si haces un diagnóstico catastrofista de la realidad y si es más moderado pareces poco profundo en tu crítica. Pero la gente espera de nosotros que no dramaticemos más de lo que la cuestión permite.
“El prestigio intelectual se adquiere muy rápido si haces un diagnóstico catastrofista de la realidad. Pero no dramaticemos de más”
Para exageraciones e hipérboles ya están los partidos.
–La política es tremendamente exagerada. Si un marciano viniera y leyera los periódicos llegaría a conclusiones completamente desajustadas respecto de la realidad. Hay un derecho de la oposición a criticar, y la oposición, por su propia naturaleza, tiende a dramatizar las cosas que salen mal. Las crisis y las catástrofes son utilizadas a veces hasta extremos grotescos. Forma parte de la madurez democrática que los ciudadanos y ciudadanas aprendamos a bajar el calibre de la confrontación política. Tomarnos la política con toda la seriedad que merece, pero no al pie de la letra.
Expresa reservas a cierta moralización. ¿Convertimos los asuntos en principios de choque?
–Claro, porque es mucho más difícil negociar sobre principios que sobre intereses. Sobre lo segundo se puede llegar a un término medio, pero sobre principios... Por supuesto que los hay, pero si todo lo conviertes en principios no dejas espacio para la transacción con el adversario.
Eso que estaba muy denostado.
–Si quien hace oposición exagera evidentemente se cierra también el paso a otra cosa que no sea la victoria sobre el Gobierno, y los pactos, acuerdos y transacciones se convierten en algo imposible. La democracia liberal, que ahora parece en crisis, tiene su precedente en Maquiavelo, pero se funda sobre todo en la idea de que la política es diferente de la moral. No completamente, pero diferente. Quien convierte todo el juego político en una cuestión de principios lo que en el fondo está haciendo es cargarse el pluralismo político, porque hay un margen de elasticidad. Decir esto puede parecer cínico o sin principios, pero muchas veces detrás de los grandes moralizadores lo que hay es un fanático, una forma de no tener principios mucho más agresiva.
Dice que portamos una acumulación de pérdidas sociológicas. Hay toda una industria de la nostalgia.
–Y una melancolía muy poco productiva políticamente. Hemos perdido biodiversidad, un mundo climáticamente estable, privacidad... muchas cosas valiosas en estos últimos años, pero algunas de ellas se pueden recuperar . Ese discurso catastrofista coincide mucho con el que nos quieren hacer creer los oligarcas de la tecnología, la nueva extrema derecha de la oligarquía, que piensa que este mundo ya no tiene solución. Dan por perdida una civilización en lugar de trabajar para que eso no suceda. Estamos en una lógica exponencial de destrucción, pero hay muchas cosas que podemos impedir, y muchas veces el catastrofismo es una disculpa para no hacer nada.
“Los oligarcas tecnológicos, la nueva extrema derecha, son superdotados en cuestiones tecnológicas, pero completos analfabetos en antropología”
Tipos en la vanguardia tecnológica parecen buscar otro diseño social.
–Llevo un tiempo leyendo a esta gente, me resulta fascinante al tiempo que repulsivo. Peter Thiel, Elon Musk o u otros son superdotados en cuestiones tecnológicas pero completos analfabetos en asuntos antropológicos y desconocen la condición humana. Realmente son unos ignorantes. No saben cómo se articula la tecnología con la política, la psicología humana o el comportamiento... No hay tanto un rechazo del Estado como tal, sino a aquello para lo que el Estado está, entre otras cosas, para políticas de distribución e igualdad. Cuando estos futuristas plantean sus descabelladas hipótesis lo primero que dicen es que no nos tenemos que salvar todos, sino unos pocos.
Un bombazo como paradigma.
–Totalmente. Peter Thiel dice que la empatía es el suicidio de la civilización, porque nos hace poner el listón muy bajo tratar de integrar a los menos dotados y capaces, en esta especie de lucha darwinista.
¿Eso tiene algo de nietzscheano?
–Sí, de hecho recuperan ciertos elementos de su filosofía o una lectura de Newton muy falsa. Piensan que se va a producir una especie de selección natural de los más listos, los más aptos, curiosamente los más ricos también, en lugar de bajar el nivel tratando de salvarnos a todos. Es una distopía terrible.
¿Hay una pulsión competitiva a emular lo peor de otros sistemas? ¿Hay miedo en busca de protección?
–Creo que los europeos confundimos la dificultad de la construcción de Europa con una debilidad en cuanto a nuestros valores y principios. Esa síntesis que hemos diseñado tiene que ser revisada en muchos aspectos, pero es un gran hallazgo que debemos hacer valer. Muchos análisis –en parte los de Draghi y Letta– cometen el error de tratar de hacer competitiva la economía europea renunciando a un modelo propio que no sea simplemente imitador de lo que tienen los norteamericanos o los chinos. Respecto a los primeros nuestra economía tiene un mayor peso la regulación, pero si se hace bien es un factor de competitividad.
¿Y respecto a los chinos?
–No tenemos un Partido Comunista estable que haga planes a 20 años, evidentemente. pero es posible introducir en las sociedades democráticas instituciones de largo plazo que compensen ese cortoplacismo endémico. De hecho las hay. En el libro, por ejemplo, hablo de los Bancos Centrales, que bien diseñados sirven a la mejora de la democracia. O las instituciones globales, que proporcionan estabilidad. Pensemos qué habría pasado en este país si no estuviéramos en Europa, que ha funcionado como guardiana de largo plazo, que plantea planes de estabilidad, disciplina fiscal, compromiso climático, gobernanza integradora. Eso tiene defectos, pero hace que ese cortoplacismo se compense.
“Creo que los europeos confundimos la dificultad de la construcción de Europa con una debilidad en cuanto a nuestros valores y principios”
¿Y una pérdida del interés por lo intelectual derivado de EEUU?
–Yo creo que el antiintelectualismo es pequeño, y en general me parece que la ciencia goza de una buena reputación, con algunos problemas de ajuste. En ocasiones se dice que habría que hacer lo que dicen los expertos, como si eso fuera la solución de todos nuestro problemas, teniendo en cuenta además que los hay de distinto tipo y no están de acuerdo entre sí. El mundo intelectual es tan plural que no nos permite hablar de una clase intelectual. Sí que es verdad que en EEUU el sesgo antiintelectual es muy viejo. Vance dijo que los profesores son el enemigo. Una frase de Nixon.
Que denostaba además a la prensa.
–El resentimiento contra la universidad es muy similar al que puede haber contra los periodistas porque Trump y el mundo MAGA dicen que los intelectuales son una élite, y esto suena muy democrático. También que se inventan problemas (perspectiva de género y políticas inclusivas). Los periodistas en general son un elemento de intermediación entre el individuo y el saber colectivo y la discusión pública. Son los que ordenan un poco ese tráfico o tienen que hacerlo. El individualismo feroz quiere hacerno creer que todas esas mediaciones son superfluas. Vivimos en un mundo en el cual los mediadores están muy mal considerados.
Esto ya lo observaba hace 15 años.
–Y creo que se ha ido confirmando con el tiempo.
¿Y qué tal vamos de potencia intelectual a su juicio?
–Nunca en la historia ha habido tanta gente como ahora trabajando en el mundo intelectual, en sentido amplio de la palabra; tantas universidades, tanto dinero público y privado para el desarrollo del conocimiento. Lo que pasa es que la complejidad de los problemas ha crecido enormemente. Si nos comparamos con nuestros abuelos ellos sabían todo lo necesario para sobrevivir. Hoy día tenemos un gap enorme entre lo que sabemos, que es mucho más, pero proporcionalmente deja un hueco enorme en relación con lo que deberíamos saber para gobernar el cambio climático, la inestabilidad financiera, las relaciones geopolíticas, la regulación de la tecnología... problemas de enorme complejidad que nuestros abuelos no tenían. Tenían de otro tipo, muy dramáticos a veces en la propia existencia, pero no ese salto tan brutal. Y eso hace que al mismo tiempo seamos más listos y más ignorantes que ellos.
En abril recibió la medalla de Alfonso X de manos de Pedro Sánchez en la Moncloa. ¿Se siente reconocido?
–Más que eso siento que estoy trabajando un tema que preocupa e interesa a mis contemporáneos. Eso es lo mejor que le puede pasar a uno. No sé si lo hago bien o mal, eso ya lo juzgarán los que me lean, pero me parece que se ha hecho cada vez más evidente que lo que digo es muy relevante y preocupa a mucha gente.
¿Compartir momentos personales con altas figuras políticas enriquece su desarrollo teórico?
–Sin duda, no se puede hacer una buena teoría de la política sin un conocimiento de la práctica, si no sabes cuáles son los límites, las angustias, de qué tipo de información disponen quienes están tomando las principales decisiones. Como yo no hago política puedo preguntar de primera mano a los líderes políticos, mucho de los cuales también acuden a mí. Eso me ha dado pie, por salirnos de nuestro ámbito, a tener conversaciones muy interesantes con gente muy diversa, como Boric, Lula, Renzi, Macron o Bachelet.
¿Cuál es su conclusión?
–Que casi todos expresan un sentimiento de impotencia; que no pueden hacer tanto como les gustaría.Tienen que tomar decisiones graves en poco tiempo, urgentes, con poca información y que tienen grandes repercusiones sobre la vida de la gente. Y eso, salvo que uno sea un frívolo, genera una gran angustia, que gestionan como pueden. Esto lo he visto en líderes más conservadores y más progresistas. No solo en momentos de crisis, también en la vida política cotidiana están en un entorno lleno de presiones. El político lo hemos representado como el soberano que toma decisiones arbitrarias sin justificación. No es esa la realidad que yo he visto. Más bien son personas muy observadas sometidas a una gran presión, de la oposición, de su propio partido, de la Administración, del entorno internacional en el que estamos. Eso genera una vida donde el margen de creatividad individual es muchísimo más pequeño del que representamos desde fuera.
¿Y los partidos?
–La gente más joven se moviliza mucho por causas concretas, pero no quieren un pack como ofrecen los partidos. Esa ideología unicomprensiva, que explique todo y exija militancia continua les resulta bastante reacia.
“Trabajo un tema que siento que preocupa e interesa a mis contemporáneos. Eso es lo mejor que le puede pasar a uno”
Consumo a la carta...
–Esto que he descrito así tiene una parte inquietante, porque los partidos hacían una cierta selección de líderes, una cierta formación. Los partidos han sido lugares formativos mejores o peores donde se establecía una cierta continuidad de la política. Esas tres funciones alguien las tiene que desarrollar. Lo que de hecho hemos tenido desde el 15M hasta ahora son partidos instantáneos pero también partidos bluf, cuyo efecto en la vida política ha sido desde luego mucho menor del que ellos mismos pretendían y en algunos casos, incluso, movimientos completamente efímeros.
Su tarea como filósofo exige un esfuerzo para no perder comba.
–Mientras siga teniendo curiosidad tendré cosas para hacer. Lo que me espantaría sería darme por satisfecho. Cuando acabo un libro o escribo algo siempre me quedo con una pequeña insatisfacción de pensar que no lo he dicho todo o del todo bien, que hay una parte que he pasado de puntillas y no he profundizado... Tengo varios proyectos. Los filósofos estamos continuamente volviendo. Por eso somos un poco pesados y estamos siempre insatisfechos. Mi mundo es estar rodeado de cosas a medio hacer, incompletas, mejorables. Ante el tipo de preguntas que nos planteamos los filósofos, no podemos más que fracasar. Nuestra vida es una sucesión de pequeños fracasos sabiendo que somos finitos y que eso no lo resolveremos nunca.