María José Fariñas Dulce: "Las desigualdades hacen que nuestras sociedades no sean plenamente democráticas"

29.11.2021 | 01:05
María José Fariñas Dulce: "Las desigualdades hacen que nuestras sociedades no sean plenamente democráticas"

Especialista en derechos humanos, esta catedrática universitaria disecciona los retos de la convivencia con oficio académico y conocimiento práctico

María José Fariñas (Valencia, 1959) participó el pasado martes en las segundas Jornadas sobre Convivencia y Derechos Humanos organizadas por el Gobierno de Navarra, que tal y como sucedió el pasado año tuvieron que volver a ceñirse a un formato telemático. La conferencia de apertura de esta catedrática abordó las claves para construir convivencia en las sociedades plurales. Fariñas habla con pasión de una cuestión clave y compleja.

 

Como dijo en su exposición, no es lo mismo coexistir que convivir.

–Sí, la convivencia implica algo más, pero hay que desmitificar un poquito ese concepto buenista existente. No tiene que ser armónica siempre. La convivencia implica conflictos, y de hecho son inevitables. El problema no son los conflictos en sí mismos, sino en cómo los afrontamos o cómo intentamos gestionarlos. Creo que hay que huir de esa idea mítica de que la convivencia es siempre armónica y nos lleva a una pacificación un poquito naíf, si me permite el término. Los conflictos son esenciales en la sociedad, y en la convivencia de las relaciones sociales el conflicto es algo consustancial. No es negativo per sé y algo que tengamos que evitar constantemente, sino hay que saberlos gestionar. El problema está ahí, gestionarlos con enfrentamientos, por ejemplo con discursos de odio, polarizando a la gente, o gestionarlos con diálogo, encuentro y argumentación racional.

También incidió en su conferencia en la idea de sociedad plural.

–A veces la mitificamos un poco, como un objetivo en sí mismo.

Más que un objetivo, es una constatación en democracia.

–Exactamente. Como las sociedades son plurales, vamos a ver cómo gestionamos esto, para que no nos lleve a exclusiones, marginaciones, supremacismos o jerarquías. La realidad es que somos plurales, nos tenemos que entender y ver cómo gestionamos esto.

Constatamos la pluralidad, y tenemos derecho a confrontar. ¿Reconociendo el espacio del otro?

–Yo señalo dos claves básicas para construir esa convivencia. Una es el diálogo, que implica ese reconocimiento de las diferencias y del otro. No desde una postura de superioridad, de reconocer a los otros casi como inferiores, a los que intento reconocer o tolerar mínimamente. Sino con un reconocimiento en pie de igualdad. El diálogo solo es posible si planteamos un escenario de igualdad y reconocimiento mutuo. Si no, no es factible, porque lo obstaculizo.

Pero todas las ideologías piensan que son las mejores, las más acertadas o convenientes.

–Claro, pero ahí hay una línea que no hay que traspasar. Efectivamente, cada uno de nosotros en nuestra ideología, nuestra forma de entender el mundo o incluso en nuestra concepción religiosa o ética del mundo, si es que la tenemos, pensamos que es la mejor. Y esto es legítimo, tienes que pensar que tu forma es la mejor, si no, no estarías defendiendo esas posiciones. Pero la línea que no hay que traspasar, creo yo, es la de sentirse legitimado como para imponérselo a los demás. Porque para otras personas, ideologías o culturas lo mejor es lo suyo. El límite está ahí, en no intentar imponer nada. Por eso el diálogo es tan complicado, porque abordan precisamente fundamentos básicos de cada cultura o ideología. Y esto nunca es fácil.

Receta renovar los pactos sociales.

–Eso es muy importante, precisamente porque estamos viendo que los desafíos y los retos para esa convivencia también se renuevan, se refuerzan y son constantes. La construcción de los discursos de odio es un elemento en alza ahora mismo. No es nuevo, pero plantea un desafío muy importante para la convivencia democrática.

Suscita la perturbación de dialogar con quien nos odia o nos considera enemigos.

–Las consecuencias de los discursos de odio son tremendas y muy duras en la convivencia. Primero, porque obviamente producen odio y resentimiento. Esto es un problema político real, provoca actuaciones de carácter autoritario en las personas que reciben ese discurso de odio, y a muchas personas lo que usted ha dicho, un cierto rechazo sobre cómo dialogar con alguien que me está transmitiendo odio, cómo dialogo con un fascista o con un neofascista. Toda esa construcción de discursos de odio es la que nos lleva a replantearnos la renovación de los pactos sociales. Hay uno básico que hay que renovar constantemente, que es el de no agresión entre diferentes. Porque si el discurso de odio nos lleva a las agresiones, vamos a entrar en un círculo peligrosísimo de agresión constante, o de palabra o de acto.

La retroalimentación.

–Claro, y ahí es donde creo que la pedagogía democrática y política tiene que cumplir una función importantísima. Y los medios de comunicación a veces tenéis que cumplir también esta función, de recordar la importancia del pacto social de no agresión entre diferentes.

Buscando que los odiadores sean los menos posibles, que sean una corriente marginal...

–Más que nada hay que desenmascarar ese discurso de odio. Probablemente para que al final como dice usted, esté lo menos extendido posible. Es decir, hay que desenmascarar las contradicciones en las que entran quienes se dedican a construir esos discursos de odio.

Hay quien dice que en ese desenmascaramiento los medios de comunicación a veces les damos demasiado bola y protagonismo.

–El problema de los medios es quedáis visibilidad en muchas ocasiones, pero no desenmascaráis el discurso de odio. Yo comprendo que tenéis que hablar de lo que hay, pero no se trata de hablar y nada más, porque si simplemente se hace eso, efectivamente lo que se le está dando es mucho protagonismo y permitiendo que ese discurso llegue a muchas personas. Además de informar de estos discursos de odio, yo creo que hay que desenmascarar sus contradicciones, y confrontar los objetivos y finalidades. Esa es una labor de los medios de comunicación, de los políticos, de la pedagogía política y de todos los que tengan una voz que pueda llegar a la opinión pública. No se trata solo de advertir sobre su potencial peligro, sino también de desenmascarar los intereses que hay detrás de esos discursos, económicos o electorales. Y ver a dónde nos va a llevar un discurso de odio.

Cuando habla de la renovación de los pactos sociales, también cabe pensar en esa especie de tapón que se hizo del 78 y de dinámicas de olvido. Hay quien se irrita con las políticas de memoria.

–Los pactos por la memoria son siempre necesarios. Desde luego, en ese contexto muchísimo, pero lo son siempre, en primer lugar porque la memoria es un derecho. Los seres humanos tenemos derecho a conocer lo que ha pasado para aprender de ello, es decir, para o no repetirlo, para olvidar, porque a lo mejor hay cosas que a lo mejor debemos olvidar, para no olvidar, o para aprender de cosas que pueden haberse hecho bien en un momento determinado. Yo a todas las personas que se muestran indignadas o alarmadas con las políticas de memoria histórica o democrática, les diría que se están indignando simplemente con el ejercicio de un derecho, que es el de la memoria y el de la verdad. Las políticas de memoria no son de reabrir viejas heridas, como dicen algunos en ocasiones, si es que las heridas alguna vez han estado cerradas, sino que son simplemente políticas a través de las cuales los seres humanos podemos construir nuestro futuro. Es decir, las políticas de memoria no lo son del pasado, son del presente y del futuro. Deben tener un carácter individual y uno colectivo. Uno individual primero para las víctimas directas, que necesitan reparación y justicia. Pero también tienen una dimensión colectiva, para todos, porque todos tenemos el derecho a saber lo que ha ocurrido en nuestras sociedades para poder construir hacia el futuro los principios básicos de la convivencia de nuestras sociedades presentes y futuras.

Desafío para la convivencia es también el abordaje de la desigualdad.

–Grandísimo reto para esa convivencia en nuestras sociedades plurales y democráticas. No es que sea nueva la desigualdad, siempre ha existido. El sistema capitalista desde siempre ha generado desigualdades de diferente tipo compulsivamente. Pero quizá ahora mucho más o quizá ahora lo vemos más por diferentes motivos. Por las crisis económicas, porque el capitalismo ha cambiado de fisonomía y ha dejado de ser productivo y se ha convertido en puramente especulativo, por las crisis climáticas y ecológicas también, quizá la desigualdad nos golpea de forma más directa. Las sociedades cada vez son más desiguales y España es uno de los países de la zona euro en el que más se ha incrementado la desigualdad en la última década. Tenemos ahora ya una nueva categoría que es la de los trabajadores pobres, que viven en la precariedad total y en los límites del umbral de la pobreza. En torno al 21% de la población se sitúa en riesgo de pobreza, según el Instituto Nacional de Estadística. Hay muchos colectivos de personas que nacen en la precariedad, van a vivir en la precariedad y van a morir en la precariedad. Lo que da lugar a plantearnos la necesidad de una renta básica universal como alternativa a esto.

Fracaso ampliamente inadvertido, en la percepción de una prosperidad amplísimamente extendida.

–Es un fracaso de la sociedad. En un país se supone que desarrollado, industrializado, occidental, con unos niveles de desarrollo, la desigualdad está aumentando. Quizá de esto no se habla demasiado, pero es una realidad. Antes al pobre lo vinculábamos casi al que vivía en la calle pidiendo caridad. Ahora nos estamos dando cuenta de que en la categoría puede estar perfectamente una persona que está trabajando, pero está tan mal pagado, o a lo mejor además con un trabajo no constante, y entra, sale y vuelve a entrar en el mercado laboral... El ascenso social que las sociedades han prometido de trabajo, ahorro y compra ha fracasado.

En suma, desigualdades muy profundas.

–Una es la vital, que es aquella que afecta directamente a la salud física o psíquica de los individuos. Otra sería la desigualdad existencial, que nos impide gestionar de forma autónoma nuestra vida, sin tener dependencias. Muchísimas personas no tienen capacidad ni siquiera para acceder a los derechos ni libertades. A pesar de que nos digan que somos libres para hacer todo lo que queramos; esto es un mito. Y finalmente la desigualdad de recursos, todos los aspectos económicos y materiales. Sabemos que el capitalismo nos jerarquiza en el acceso a los recursos, y la desigualdad de recursos cada vez es más grande. Estas tres desigualdades que se conjugan juntas en nuestras sociedades nos dan una situación muy preocupante, y evidentemente hacen que nuestras sociedades no sean plenamente democráticas.

Eso es tremendo ya de por sí.

–Claro, si nosotros nos preguntamos qué es una sociedad democrática, lo primero que vamos a pensar es que haya elecciones libres. Sí, es una condición sine qua non, pero no suficiente. Porque una sociedad plenamente democrática es aquella que incluye a todos, que no tiene márgenes de exclusión. Pero estas brechas de desigualdad que constantemente expulsan a colectivos de personas, nos están diciendo que hay personas que son prescindibles, que están excluidas, que no cuentan. Esas brechas de desigualdad son durísimas. Un reto importante para la convivencia en nuestra sociedades.

"Los conflictos son esenciales en la sociedad

y consustanciales

a la convivencia"

"Un pacto social básico que hay que renovar constantemente es el de no agresión entre diferentes"

"Hay que desenmascarar las contradicciones en las que entran quienes se dedican a construir discursos de odio"

"Hay muchas personas que nacen en la precariedad

y van a vivir y morir

en la precariedad"


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