Santos García Lautre, director técnico del Teatro Gayarre, dice que ha llegado “tarde” a la IA. “No la uso ni para realizar búsquedas en internet. Sigo utilizando los buscadores tradicionales, aunque te llevan a la IA en algunas ocasiones”, admite.
Dado su oficio, le ha tocado vivir “cambios enormes en estos últimos 30 años”. Y “en todas las áreas de la técnica”. Por ejemplo, en el ámbito de la iluminación recuerda cuando, a comienzos de los 90, giraba como técnico con la compañía Pasadas las 4. “Para montar 20 aparatos necesitábamos instalar 20 acometidas de corriente, una para cada foco”, cuenta. Y sigue: “La comunicación entre la mesa de control y los aparatos se hacía con una manguera de señal que debía llevar un par de hilos por cada uno de esos aparatos, lo que hacía necesaria la instalación de unas mangueras largas, gordas y pesadas entre el control y esos aparatos”.
Por otro lado, “las mesas eran analógicas, solo podíamos controlar con ellas la intensidad de la luz y no se podían grabar escenas de iluminación; teníamos que ir componiendo esas escenas mientras la función discurría”, comparte.
Primera transformación
Justo por entonces llegó “la primera transformación digital”. “La comunicación entre mesa de control y focos se comenzó a realizar a través del protocolo DMX (multiplexor digital), lo que permitía que con un fino cable de 3 hilos pudieras controlar 512 aparatos convencionales facilitando enormemente el montaje”. En ese momento, “comenzamos a utilizar robots, además de los focos convencionales”. Estos focos móviles “eran capaces de cambiar el tamaño y el color del haz, por ejemplo; incluso eran capaces de mover ese haz de luz de un punto a otro”, señala. Además, “las nuevas mesas digitales te permitían grabar las escenas de iluminación previamente al discurso de la función y podíamos ejecutar accionando un único pulsador en el momento adecuado siguiendo el libreto de la obra”.
Segundo paso
Después llegó una segunda transformación, que en el Gayarre han vivido “hace poco” y que ha supuesto “la aparición de las luminarias led que sustituyen a las lámparas de incandescencia halógenas”, y el consumo de cada lámpara “es ahora mucho menor”.
Este cambio también “ha hecho evolucionar la construcción de los aparatos”. “Casi todos son robots, tienen cada vez más capacidades para el control de la luz y hacen falta ordenadores (consolas de control) cada vez más potentes”. En el teatro pamplonés, “utilizamos frecuentemente 4 universos (cables) de DMX (2048 canales) y en alguna ocasión se han llegado a usar hasta 16”, continúa el jefe técnico. Y añade: “Ahora los técnicos dedican más tiempo a la programación y configuración de mesa de control y aparatos, y menos a otras labores como filtrar los focos con geles de color o subirte a una escalera para apuntar cada uno de esos aparatos”.
En cuanto al audiovisual, a pesar de los reparos iniciales, “el primer paso relevante que recuerdo es el paso de utilizar mesas analógicas a digitales”. Asimismo, el empleo de la proyección de imagen en las artes escénicas “ha experimentado una gran evolución en los últimos años”.
Al área de la maquinaria escénica y tramoya “también ha llegado la digitalización”; de ahí que “los tiempos románticos del tramoyista en el telar tirando de las cuerdas para mover telones y otros elementos escenográficos han pasado a la historia”, aunque “todavía conservamos el tiro manual contrapesado del telón de boca para levantarlo o bajarlo al principio y final de cada obra y para las glorias en los saludos”.
Efímero e irrepetible
Pese a todos estos avances técnicos, cuando se trata de la parte artística, Santos García Lautre no cree que la IA o los hologramas sustituyan el gesto y la voz de actrices y actores. “Serán nuevas herramientas, pero el espectáculo en vivo, es eso, vivo; es efímero y solo ocurre una vez, porque aunque se repita una función nunca será la misma que la anterior”. Un espectáculo “se escucha, se ve, incluso se huele y se toca. Esto no hay IA que lo cambie”, defiende. “Siempre hará falta una actriz o un actor sobre un espacio escénico y al menos un espectador o espectadora frente a ellos. La única alternativa a esto es la desaparición del teatro”, concluye.