Muchas veces una se pregunta por qué una víctima no denunció antes pero la respuesta no suele ser simple. Cuando hay miedo, convivencia diaria, dependencia económica o hijos en común, denunciar significa cambiar toda la vida de golpe y asumir riesgos que la persona percibe como inmediatos. Además, la violencia no suele empezar de forma clara, sino poco a poco: control, aislamiento y amenazas que van reduciendo la capacidad de reaccionar y de pedir ayuda.

Por eso muchos casos nunca llegan al sistema de protección. No siempre falta voluntad; a menudo no se ven condiciones reales de seguridad para poder dar ese paso. Es muy probable que esta madre, volcada en el día a día de sus cuatro pequeños, decidiera que el punto final a su relación era irrevocable, sin adivinar que ese paso hacia la libertad se convertiría en su última frontera. La separación es uno de los periodos de mayor riesgo letal.

Entre 500 y 1.000 personas se manifestaron este sábado en Sarriguren para rechazar el último asesinato machista. La realidad del Valle de Egüés, donde vivía Tatiana, es un espejo incómodo: cerca de 80 mujeres viven hoy con protección policial porque ya habían denunciado. Súmenle el resto... Ochenta familias que caminan con la sombra del miedo pegada a los talones en las mismas calles donde jugamos con nuestros hijos, sobrinos o nietos en un estado de sitio invisible. El vicepresidente Javier Remírez hizo un llamamiento claro a las mujeres a que “por favor denuncien ante la más mínima situación de abuso, de violencia o de machismo”: “Hay todo un entramado institucional preparado para acogerlas, preparado para protegerlas”. Ése debe ser el mensaje que rompa el silencio: apoyos reales que deben conocerse.