Estamos en plena temporada de Korrika, esa carrera popular por y para el euskera que acredita el compromiso del pueblo vasco con su lengua y su identidad. Y, una vez más, la derecha política trata de minimizar y combatir ese compromiso con la falacia de asociar el movimiento a su supuesta utilización por el ámbito más radical de la sociedad vasca, ignorando que Korrika hace tiempo que ha sobrepasado incluso a sus impulsores, AEK, convirtiéndose en una gran manifestación popular de una gran mayoría de la sociedad.

Pero es que esta derecha política actual sigue la estela de sus predecesores que trataron de hacer desaparecer el euskera incluso con la violencia. Afortunadamente, no pueden llegar ni a la suela de los zapatos de un, por ejemplo, Koldo Mitxelena que, con su enorme categoría intelectual, compromiso científico e impulso académico, le ha dado carta de naturaleza y que, gracias a sus investigaciones, el euskera ha sido reconocido, incluso internacionalmente, como una lengua moderna y viva, capaz de adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su identidad.

Y con ello se demuestra la bajeza de quienes quieren someter la lengua a mero ariete de su política ignorante y acientífica.

Esa misma derecha que aquí, ante la caótica situación mundial fruto de guerras que vulneran el exiguo derecho internacional, no dudan en apoyar a sus promotores quedando como serviles de sus pretensiones económicas e imperialistas aunque éstas perjudiquen gravísimamente a los pueblos que las sufren directamente, con los miles de asesinados y desplazados. Y contradigan los intereses de todo tipo de la sociedad a la que dicen querer representar.

En este marco, no sé qué me resulta más escandaloso si que el más alto ejecutivo institucional de los agresores reconozca que se divierte bombardeando un país o la inoperancia de Europa para enfrentar y detener tanto caos o, como ejemplo próximo, la invasión rusa de Ucrania en otra guerra también ilegal y cruenta.

No hay que ser un estratega para darse cuenta de que ni la ONU ni ninguna otra institución internacional tienen la fuerza coercitiva para imponer orden y justicia en este caótico y peligroso desorden mundial. Pero entiendo que, si no se puede impedir que los nuevos dirigentes campen a sus anchas subidos en la fuerza de sus armas, si al menos debiera procederse a buscar iniciativas como se hizo en otros momentos negros de la historia. La creación de la Sociedad de Naciones, la propia ONU y tratados entre países para aislar a los mayores responsables de tanta hecatombe debiera servir de ejemplo para una política pacificadora. Y a esos dirigentes, buscar sentenciarlos como criminales de guerra para la historia. No tendrá efectos en sus personas como delincuentes reos de pérdida de poder y hasta de libertad pero, al menos, servirá para que pasen al listado de los personajes vituperables por su maldad y vulneradores de los Derechos Humanos como lo han sido en los tiempos recientes Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Pinochet o Videla, entre otros.

Echo de menos una denuncia europea de los crímenes de guerra perpetrados por Netanyahu, Trump y Putin ante el Tribunal Penal Internacional aunque estos se amparen en que no reconocen al Tribunal. Pero son tan evidentes las pruebas de que sus acciones de guerra constituyen crímenes contra la humanidad que sería posible su condena como criminales. Y así constarían en la Historia para su vergüenza y oprobio. Seguro que no les gustaría aunque al principio diesen la impresión de que no les afectase. Pero quedarían inhabilitados para dar lecciones ni en sus países ni en el resto del mundo y, probablemente, si perdiesen el poder correrían un serio peligro de terminar privados de libertad. Y sin olvidar que, aunque hoy día estén en segundo plano, Gaza, Afganistán y la propia Irán, sufren las consecuencias de la siniestra colección de sátrapas que gobiernan importantes países del mundo.

Lamentablemente, asistimos a una progresión de reconocimiento de muchos de estos líderes en sectores importantes de las sociedades occidentales. El atractivo que suscitan especialmente en la derecha más radical unido a la trivialización de las consecuencias sufridas en recientes dictaduras como la franquista y la nazi es sumamente preocupante. Porque indica un arrumbamiento de los principios democráticos y aún morales, sustituidos por una concepción de valores como la libertad que no se corresponden con los Derechos Humanos.

Ver el brazo en alto en el típico gesto fascista, repugna y acredita la catadura de sus protagonistas a los que debería enseñarse los campos de exterminio para que vean en qué se utilizaron cuando gobernaron la sociedad sus idolatrados líderes. Y lo más terrible es que lo hacen apelando a la libertad.

Creo que son minoría en la sociedad y tengo la esperanza de que, la mayoría, movilice un camino lleno de urnas y votos para, entre otras cosas, evitarle a esa minoría las nefastas consecuencias que también ellos sufrirían de triunfar sus ideas con sus dirigentes.

Porque la pérdida de libertades no deja a casi nadie exento de sus consecuencias.