Síguenos en redes sociales:

Pamplona, vidas ejemplares

Juan Echepare Aramendía: el gran impulsor del Chupinazo

La vida de un estanquero sanferminero, laicista, izquierdista y republicano, fusilado por los fascistas al principio de la Guerra Civil

Juan Echepare Aramendía: el gran impulsor del Chupinazo

Orígenes familiares

No conocemos muchos detalles sobre la vida de “Juanito” Echepare Aramendía. Sí sabemos que nació en Burlada-Burlata el 4 de mayo de 1880, que permaneció soltero y sin descendencia, y que contaba 56 años recién cumplidos cuando fue asesinado, al inicio de la Guerra Civil. Era hijo de Pedro José Echepare, natural de Valcarlos-Luzaide, y de la pamplonesa Ángela Aramendía, siendo abuelos paternos Domingo Echepare Echandi y Juana Engracia Berasain Goñi, y maternos Jacinto Aramendía Ilundain y Gracia Antonia Erbiti Tellechea. La familia Echepare había radicado en la localidad navarra de Valcarlos-Luzaide al menos desde el siglo XVIII, habiendo podido localizar un antepasado suyo, Fernando Echepare Reclusa, nacido en 1755 en aquel lugar. Desde allí habría emigrado Pedro José Echepare a Burlada, localidad donde nacería su hijo Juan, nuestra Vida Ejemplar de hoy.

Fuera de estos datos no sabemos mucho más. Estamos inclinados a pensar que va referida a su padre la noticia, publicada en Diario de Navarra en abril de 1923, según la cual un tal Pedro Echepare participaba en una cuestación para regalar una bandera al grupo de Regulares de Ceuta, en homenaje a la memoria de Santiago González-Tablas, militar nacido en Pamplona y que había fallecido en la guerra de Marruecos el año anterior.

Hemos encontrado, además, las trazas de una peculiar agencia, situada en la calle Curia nº 5, 2º, dirigida por Pedro Echepare a comienzos de siglo. Dicha agencia se dedicaba a establecer contratos entre particulares, de manera que, a cambio de un dispendio económico, quien pagara una póliza se libraría de ir al servicio militar en zonas de guerra. Por el contrario, quien aceptara dicho contrato, a cambio de una percepción económica, se vería obligado a marchar al frente en sustitución del contratante. Desde la mentalidad actual está muy claro que este negocio beneficiaba a los soldados “de cuota”, procedentes de familias adineradas, y mandaba de facto a luchar a los soldados de origen humilde, algo claramente clasista e injusto. Los anuncios de prensa que hemos encontrado, además, dejan muy claro que dichos contratos se establecían antes del sorteo de los quintos, con lo cual se jugaba con la incertidumbre y el miedo de los jóvenes a tener que ir a luchar a África, Cuba o Filipinas.

Militancia política

Los pocos autores que han escrito sobre Juan Echepare inician su biografía diciendo que de joven trabajó como agente de seguros, y que viajó mucho por Francia y América. El oficio de corredor de seguros que se le atribuye cuadraría bien con el carácter de la agencia que hacia el año 1900 regentaba su padre y, en cuanto a sus viajes, tan solo hemos encontrado una nota de eco de sociedad, publicada en junio de 1916, que asegura que Juanito regresaba a Pamplona “tras larga ausencia”. Se le define como “rico comerciante”, dato sin duda exagerado, y se asegura que procedía de Méjico y que su intención era la de pasar el verano en casa. Según varias fuentes, al menos algunos de dichos viajes los habría realizado en compañía de un amigo llamado Guillermo Frías Arizaleta.

Según hemos sabido, este Frías (1881-1949), natural de Elizondo, fue periodista izquierdista y gerente del diario liberal y aliadófilo “El Pueblo Navarro”. Sabemos además que, efectivamente, viajó por Venezuela y Méjico, y que a su regreso a casa organizó en Pamplona el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. Con la llegada del golpe de julio de 1936 creo una red de fugas, por lo que fue detenido y encarcelado en 1937. En cuanto a Echepare, es seguro es que para fines de la década de los años 20 había regresado definitivamente a Pamplona, en cuya calle Mayor abrió un estanco.

Acta municipal del 23-6-1933, donde se deniega a Juan Echepare el reparto de ciertas “cartulinas” pedagógicas en las escuelas.

En otro orden de cosas, Juan Echepare fue miembro de la Liga Nacional Laica, que propugnaba el fin del asfixiante monopolio moral e institucional que la iglesia católica española ostentaba en la primera mitad del siglo XX. Fue también militante del Partido Republicano Autónomo Navarro (PRAN), fundado en 1914 por Gregorio Húder, llegando a presidirlo en 1930. Este pequeño partido, donde entre otros había militado Mariano Ansó Zunzarren, futuro ministro de la República y alcalde de Pamplona, se integró en 1934 en la Izquierda Republicana de Manuel Azaña.

No obstante, tal vez el acto que define de manera más contundente la actividad política de Echepare fue su participación en la sublevación de Jaca de diciembre de 1930. Como se recordará, el motín protagonizado por los militares republicanos Galán y García-Hernández en la ciudad oscense fracasó, siendo ambos inmediatamente fusilados, mientras que sus responsables civiles fueron detenidos. Juan Echepare fue encarcelado durante un breve lapso de tiempo en Madrid, donde conocería y trabaría amistad con los máximos dirigentes republicanos del momento, entre ellos el futuro presidente del gobierno, Niceto Alcalá-Zamora. No parece que el paso por la cárcel amilanara a un impenitente Juanito Echepare, que pocos meses después, el 14 de abril de 1931, al ser proclamada la República, se apresurará a pintar con los colores republicanos la bandera que presidía la fachada de su estanco.

Un predecesor: Manuel Oroquieta

Parece ser que en aquel tiempo la función de Vísperas del 6 de julio era considerada el primer acto de fiestas propiamente dicho, aunque existía la costumbre de realizar un repique general de campanas a las 12 del mediodía. Con el tiempo, este toque de campanas comenzó a ser acompañado por el lanzamiento de cohetes o “chupinazos” desde la plaza del Castillo, y es aquí donde surge la figura de un tipo bastante curioso, llamado Manuel Oroquieta. Hacia 1887 este Oroquieta regentaba una pirotecnia en el pueblo de Ibero (El Tradicionalista, 2-9-1887), aunque con el tiempo se trasladó a Pamplona, asociándose con un tal Beguiristain y abriendo taller pirotécnico en el Mochuelo y un puesto de venta en la calle Mayor. Ya a principios del siglo XX, Oroquieta se anunciaba en prensa como “fabricante de zezensuzkos, cohetes de todas clases, globos aerostáticos, figuras grotescas e iluminaciones” (El Tradicionalista 23-7-1903). Podemos afirmar que, casi con total seguridad, fue este Oroquieta la primera persona que lanzó series de cohetes desde la plaza del Castillo, y probablemente lo siguió haciendo hasta su muerte, producida con toda seguridad el 23 de abril de 1935 (esquela en La Avalancha, año 1935).

La hora de Echepare

De forma paralela a las acciones de Oroquieta, el estanquero Juanito Echepare obtuvo en 1931 permiso para realizar el lanzamiento de un único cohete el día 6, a las 12 del mediodía. La diferencia, y al mismo tiempo la gran aportación de Echepare, es que su “chupinazo” quería tener un carácter único y oficial, y pretendía marcar realmente el inicio de las fiestas, no era una mera manera de acompañar y dar mayor fasto al repique de campanas de cada 6 de julio. Las fotografías obtenidas año a año revelan que su iniciativa fue exitosa, y terminó congregando a buen número de espectadores y llamando la atención de los fotógrafos de la época. La misma indumentaria del estanquero, trajeado y con sombrero, revela esa voluntad de dar solemnidad y cierto ceremonial al acto.

Echepare repetiría su “chupinazo” en los años sucesivos, hasta aquel último 6 de julio de 1936, en vísperas ya del golpe fascista. No se conocen los pormenores de su detención y muerte, pero no cabe duda de que una persona como él, de largo historial laicista e izquierdista, figuraba en las listas negras confeccionadas por los conspiradores. Su establecimiento de la calle Mayor fue asaltado y saqueado.

En cuanto al “chupinazo”, tras el parón por la guerra se recuperó en los Sanfermines de 1939, pero para aquella ocasión los responsables del ayuntamiento franquista decidieron apropiarse del cohete y lanzarlo desde el balcón Consistorial. Tomaba así forma uno de los actos más populares y conocidos de nuestras fiestas, parido y criado por un desconocido pirotécnico de Ibero y un estanquero republicano cuyo cadáver, noventa años después, sigue perdido en alguna desconocida cuneta.