En 1525, en los valles de Salazar, Roncal y Erro tuvo lugar la mayor y "más violenta" caza de brujas documentada en la historia, mucho más, incluso, que aquella famosa cacería del siglo XVII en Zugarramurdi que se cobró la vida de 11 víctimas. Solo que en esta ocasión está condicionada por Pedro de Balanza, un hombre "instruido, con una formación universitaria muy sólida" que, de pronto, se dejó llevar por la superstición y marcó un hito, ya que esta persecución, más allá de una caza de brujas, se inscribe en la historia como una "batalla más en la que se disputa la conquista de Navarra". De esta forma, Peio J. Monteano (Atarrabia, 1963) recupera en su libro, El licenciado Balanza, el pamplonés cazador de brujas, publicada con la editorial Pamiela y presentada esta mañana en Elkar, una campaña que no fue llevada a cabo por la Inquisición española, sino por el Real Consejo de Navarra. Y, a través de este capítulo, analiza el contexto político y social en el que discurrió esta caza de brujas, expone los intereses que llevaron a la "politización de las brujas".

Se trata de un tema "estrella" en la historiografía navarra, aunque hasta este último año no se había publicado nada de esta circunstancia ocurrida en 1525. "Había muchos autores en el tema de la brujería, pero no de este tema en concreto", ha explicado. Sin embargo, el autor ya se había topado con Balanza en cuestiones vinculadas a la conquista de Navarra por parte de la corona de Castilla y "quise creer que había algún tipo de relación con las brujas pirenaicas". De esta forma, investigó y empezó a hipotetizar que "podía tratarse de un ejercicio de represión política o control militar de unos valles que se habían quedado en frontera". Pero al principio no encontró la relación hasta que le pidieron información acerca del propio Balanza y discernió que "aquella campaña política no estaba muy separada de lo religioso. Al poner la lupa sobre esta persona, surgió la imagen de la oleada antibrujeril más sangrienta que ha tenido esta tierra —en la que mataron entre 30 y 40 personas— con unos protagonistas made in Navarra desde el punto de vista de las víctimas y del verdugo". Por tanto, la imagen que se extrae es una batalla, un terreno más, en el que se disputa la conquista de Navarra.

Asimismo, a través de esta obra —que casi podría tratarse como una biografía— también pretende realizar un homenaje a las víctimas, ya que, gracias a los textos judiciales, se conservan tanto los nombres como su situación personal. "A veces, condenamos al anonimato a personas que murieron por una estupidez, a pesar de las duras consecuencias. Y en el libro he querido mencionar a aquellos hombres y mujeres de carne y hueso que fueron inocentes, pero que les inculparon unos crímenes que no habían realizado. Creo que deberíamos destacar esto porque fueron muchas vidas truncadas como consecuencia del miedo en unos valles que eran muy sensibles a la situación política y militar de Navarra", dice. En ese sentido, también ha apuntado que, en este caso, el perfil típico de las víctimas de esta caza —por lo general mujeres viudas y pobres— también se encontró alterado, ya que "hemos encontrado mujeres que son dueñas de casas, pero también hay familias enteras que caen en la red. No creo que fueran víctimas estrictamente por su militancia política, sino unas cabezas de turco para demostrar el poder que tiene el Real Consejo de Navarra. De hecho, lo gracioso es que en esta historia la Inquisición casi parece la buena de la historia, que es la que le pide cuentas a Balanza y para en seco su represión". O, dicho de otra manera, convirtió en un auténtico calvario los últimos años del jurista.

¿Por qué esta caza de brujas?

¿Qué le lleva a Balanza hasta Salazar? supone la tesis que vertebra el libro. Le lleva un delito común, que se traduce en que anduvo persiguiendo a criminales después de que se cometiera un asesinato en Otsagabia a un portero oficial del rey. Además, hay una escapada en masa de la cárcel de Pamplona, entre ellos dos asesinos a sueldo, y vuelven a sus respectivos valles. Por eso, Balanza va con una comisión con el objetivo de encontrarlos y "ahorcarlos allá donde los encuentre". En uno de los interrogatorios que realiza, aparece el tema de las brujas. "Le dijeron que en la zona morían muchos niños por la noche y, de pronto, se encuentra en un mundo para el que está más que predispuesto", ha mencionado. Y todo ello porque, además, los valles "daban mucho miedo en Pamplona. Las personas de esta zona eran militares, las comunicaciones no eran buenas por el tema del euskera... Les parecía que los Pirineos eran un lugar muy peligroso". Porque, en el fondo, lo de 1525 no habla tanto de brujas como de miedo, poder y frontera. De cómo, en un territorio todavía inestable, cualquier sospecha podía convertirse en condena y cualquier rumor en herramienta de control. Y también de memoria. Porque más allá del relato, lo que queda son nombres, vidas truncadas y una violencia que encontró en la brujería la coartada perfecta.