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Dos nuevos testigos de la barbarie en Corella

AFFNA-36 coloca en la ciudad del Alhama dos tropezones en recuerdo de los asesinados Pedro Fernández Arellano y Jesús Garijo Escribano

Dos nuevos testigos de la barbarie en CorellaFermín Pérez Nievas

Dos nuevos tropezones muestran desde el pasado viernes las huellas de la barbarie y la sinrazón que azotó a Corella, como al resto de Navarra, durante seis meses de 1936. La represión organizada y sistemática, la sangre y los odios afloraron desde la madrugada del 19 de julio en la ciudad del Alhama y dejó a casi un centenar de familias marcadas y heridas para siempre y a varias generaciones sumidas en el dolor y la incomprensión.

Si en 2025 la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra colocó siete tropezones, el pasado viernes fueron dos más, en recuerdo de Pedro Fernández Arellano y Jesús Garijo Escribano, dos jóvenes cuyos nombres quedan ya para siempre en el suelo de las calles corellanas, “no es un acto de nostalgia es de reconocimiento y recuerdo a estas personas y sus familiares que un día vieron truncadas sus vidas y tuvieron que soportar un largo silencio impuesto por el terror que pretendía imponer imponer a sangre y fuego el silencio de una sociedad que quería mejorar y progresar”, explicó Joseba Gutiérrez, vicepresidente de AFFNA-36.

Imagen de Jesús Garijo Escribano con su mujer María, y sus 4 hijos, antes de ser asesaando en noviembre de 1936.

Un acto de reverencia

Así, cada persona que se agacha para ver el nombre de uno de sus vecinos entre los adoquines, cumple asimismo un acto de “reverencia” hacia aquellas 87 personas asesinadas en Corella tras el Golpe de Estado, una cifra que coloca a la ciudad ribera como la quinta de toda Navarra en sufrir la barbarie (tras Pamplona, Mendavia, Lodosa y Peralta), hasta el extremo de que murieron más personas asesinadas por sus propios vecinos que en el frente de batalla (65).

Corella se une así a las localidades que ya cuentan con este emblema (Pamplona, Sangüesa, Estella, Obanos, Puente la Reina, Oronoz – Mugaire, Larraga, Mues, Mélida, Castejón, Burlada, Villava, Tiebas, Arellano, Corella, Tafalla y Olite), mientras que otras están en la agenda de esta asociación (que desde 2015 ha colocado ya más de 250) como Tudela, Peralta, Lodosa y Miranda de Arga. “Se los llevaron de sus casas sin permiso y si hace falta ponemos los tropezones sin permiso”, indicó Josetxu Arbizu e AFFNA-36.

Hasta el momento hay en Navarra 3.526 personas identificadas como asesinadas, un total de 269 fosas entre las que se han hecho 166 prospecciones y de las que se han recuperado restos humanos de 170 personas, de las que se han identificado a 50. Más de 400 personas han dado su ADN para posibles identificaciones.

Asistentes a la colocación de los tropezones en Corella.

Año 1936

En Corella los asesinatos comenzaron en la madrugada del mismo 19 de julio, después de que falangistas y requetés asaltaran el Ayuntamiento la Casa del Pueblo y la Casa del alcalde, Antonio Moreno López-Montenegro (también asesinado), último reducto de los socialistas e izquierdistas corellanos. Los asaltantes habían sido armados por el párroco Bernardo Catalán que guardaba fusiles y uniformes en la iglesia. Tras un intercambio de disparos en los que también colaboró la Guardia Civil se produjeron dos heridos, Ignacio López y Fermín Lázaro a los que acribillaron en las camillas donde los llevaban a curar, “una monja se negó a ponerle una inyección diciendo que a lo mejor volvía a la vida” cuentan los corellanos.

Era solo la primera piedra de una gran muralla de dolor y sangre que se construyó en la ciudad entre julio y diciembre de 1936 y que se prolongó durante décadas con una represión a veces silenciosa (con el desprecio, las miradas, la prohibición de que las viudas hablaran entre ellas, el corte de olivos, el robo de ganado o los despidos a familiares de asesinados) otras ruidosa (con palizas, violaciones, insultos, cortes de pelo en al balcón del Ayuntamiento).

Placa de Pedro Fernández Arellano.

El archivo del Consistorio guarda huellas de aquella barbarie, como el bando del alcalde José Virto llamando a sus vecinos el 10 de agosto a “la cordura” y a que cese “el estado de efervescencia que ha rebasado con mucho los cauces de lo legal y aún de lo humano al pretender tomarse por sí mismo, que en todo pueblo civilizado ejercitan solo las autoridades”, la instancia del sepulturero que en noviembre pedía aumento de sueldo porque había revasado ampliamente la media de los enterramientos de otros años o el certificado de defunción de Ricardo Campos, concejal y juez de paz, al que quemaron el 25 de julio en su celda para decir públicamente, en periódicos y documentos que se había suicidado.

Los protagonistas

Pedro Fernández Arellano, al que apodaban Zurdo, era jornalero tenía 32 años, estaba casado con Ángeles Mora y tenía dos hijos. Había sido vicepresidente del sindicato UGT y vivía en la calle Castillo número 22 de Corella. Pedro fue uno de los 27 corellanos a los que asesinaron en al conocida como ‘la saca de 27’ en la que también mataron a tres personas de Fitero. Su hermano, que se había alistado en el ejército sublevado de Franco trató de llegar a tiempo para mediar por él cuando se enteró de que lo habían detenido, pero fue tarde.

El asesinato de Ignacio López y Fermín Lázaro fue solo la primera piedra de una gran muralla de dolor y sangre que se construyó entre julio y diciembre de 1936 y que se prolongó décadas con una represión a veces silenciosa y otras ruidosa.

Con él, aquel día de la Asunción de 1936 asesinaron a Félix Liroz Sesma, el guarda municipal Pedro León Pérez (Espadador) y Anselmo Monreal García (Carabina), que dejaron 5 hijos cada uno. Junto a ellos compartieron destino Dionisio Alduán Mateo, los hermanos José e Isidro Alfaro García, Gregorio Bermejo Alonso, Jesús García Navarro, Justo Garijo Escribano, Pablo Jiménez Pérez, Eduardo Jiménez Vicente, Julio Igea Liñán, Sabino Iragua Jiménez, Santos Liroz Sanz, Ángel Martínez Ortega, Ruperto Morales Liroz, Víctor Muñoz Jiménez, Francisco Muñoz Sanz, Víctor Manuel Navarro González, Victoriano Peralta Sesma, Francisco Sanz Muñoz, Rafael Sanz Segura, Pedro Segura López, León Sesma Segura y Daniel Vallés Ogea.

La mayoría de ellos se encontraban en la cárcel de Corella o en sus domicilios, cuatro de ellos en la cárcel de Tudela desde el primer día, el 19 de julio. Curiosamente, la baja de la cárcel y “puesta en libertad” de los cuatro encarcelados en Tudela (Dionisio Alduán, Jesús García Navarro, Pedro León Pérez y Anselmo Monreal García) no aparece documentada en el registro hasta 10 días después, es decir, en los libros figura que se les puso en libertad el 25 de agosto.

En aquella saca había tres menores, dos de 17 años (Victoriano Peralta y Daniel Vallés) y un niño de 15 años de edad (Justo Garijo Escribano).

Última carta de Jesús Garijo Escribano que posee la familia escrita el 3 de septiembre de 1936.

Uno de los que intervino en la matanza de Milagro se arrepintió con los años y narró lo sucedido. En su escrito nombra a muchas de las 40 personas que participaron en la matanza. “Fuimos en autocar y algún coche particular y en un camión los presos. A estos los tenían que fusilar gente de Fitero, pero no acudieron. Yo estaba en casa de las hijas en Milagro y fueron a buscarme y me obligaron… Todos tiramos de gatillo. Estábamos: el Tabique, el Chirri, los Castos, el Isidro, el Garraldilla, el Siete, el Gil,el Guardia, el Civilillo y otros guardias, los Combis, el Nevera, los Zurris, los Percherones, el Flores de la Bienvenida, éste era de lo más malo del mundo, el Cabecillas, un Mergias que decía: “Mira que alpargatas llevo llenas de sangre”, el Miñón y su hermanillo, que está de guarda en una prisión de Gerona, los dos destacados como malos, el Rusillo que está en Tudela, el Barriga de las Mechas, el Brigada, el Pitín de la Carmen, el Liñán. Éste les decía: ‘Venga que marcháis al frente y luego a mataros’. El Arrate y su pandilla, el Santiago el Minguillo, el Moreno de la Marianilla, el tío Chato, llamado Juan García, el Samolo, el Bulco padre, el Chagüín, el Sarriés, el tío Barriga y toda su pandilla, siempre iban junto el Zambonbo con el Gordillo. Cuando terminamos nos vinimos a Corella a comer pollos y jamón en casa del Allué. Antes se les quitaban todo lo que querían de sus casas, hasta la radio si tenían y se las llevaban a sus casas”.

Familia de Jesús Garijo Escribano y de la familia Garijo, una de las que sufrió más represión en Corella.

El otro homenajeado fue Jesús Garijo Escribano ferroviario y afiliado a la CNT, había sido detenido el 12 de agosto en Corella, trasladado a la cárcel de Tudela y asesinado el 12 de noviembre en una saca de 31 personas de la cárcel de Tudela que se llevó hasta Bardenas.

Curiosamente compartió cárcel con cinco corellanos integrantes de la Brigada Negra responsables de los asesinatos más salvajes de Corella como la saca de 27, a los que encarcelaron durante un día y luego los dejaron en libertad. Jesús se había alistado en el bando nacional para evitar la muerte y al volver de un permiso lo metieron preso en la cárcel de Tudela y lo fusilaron. Antes habían asesinado a su hermano de 15 años Justo en Milagro (por no delatar el escondite de su padre), rapado y golpeado a sus hermanas, y su padre, Faustino Garijo, moriría en la cárcel de Azpetia tras se detenido muy cerca de Francia junto a su yerno Prudencio Alfaro. La familia Garijo Escribano fue una de las más represaliadas de Corella.

El viernes estuvo presente su familia, nietos, biznietos y sobrinas. Su nieto Jesús Apastegui Garijo le describió como “un hombre honesto y honrado, valiente y cabal. Esposo, padre y abuelo al que no nos permitieron disfrutar”. Jesús Apastegui, hijo de una de las hijas de Jesús Garijo, explicó como antes de sacarlo para fusilar se puso a peinarse y le dijeron “date prisa o te pego un tiro aquí mismo”, a lo que contestó mientras se peinaba, “qué más me da a mi dónde me lo vayas a dar”. Su biznieta, Sara Apastegui Herrero explicó como la historia de Jesús es la de “un trabajador al que le robaron el futuro un día de noviembre de 1936. Atrás quedaron una mujer valiente, la abuela María, y cuatro hijos pequeños que tuvieron que aprender a caminar sin tu mano. Fueron tu mayor victoria y tu legado sobrevivió en cada uno de tus pasos. Siempre estuviste presente en nuestra casa. Gracias a la libertad por la que luchasteis podemos narrar y escuchar vuestra historia sin represalias. Durante años te buscaron y al final encontraron tus huesos y te dieron sepultura digna. Hoy cerramos un poco más esa herida y por fin has vuelto a casa junto a tu padre Faustino y tu hermano Justo”.

“Tras la muerte de Jesús quedó una mujer valiente, la abuela María, y 4 hijos pequeños que tuvieron que aprender a caminar sin tu mano. Fueron tu mayor victoria y tu legado sobrevivió en cada uno de tus pasos. Siempre estuviste presente en nuestra casa".

Sara Apastegui Herrero . Biznieta de Jesús Garijo

Una de las joyas que atesora la familia es una de las últimas cartas que envió desde la cárcel de Sementales en Tudela en septiembre, con una letra apurada y llena de faltas, sabiendo ya cuál iba a ser su destino, y temiendo por el futuro de su familia. “María ahí te mando una autorización para que mires a ver si te pagan los doce días que tengo trabajados. El recibo los llevas a la estación, a nombre de quien va si le pagan me lo dices en carta. Me mandarás toalla, alpargatas y menos comida, que mandas demasiado. Te mando 20 pesetas como creo te hará falta dinero gastas los 8 duros que me guardas. Ya me dirás si estás bien. Un beso a los niños. Tudela 3-9-36”