Durante unas horas, Pamplona dejó de ser ciudad para convertirse en recuerdo. En cada acera, en cada mirada alzada hacia las luces, la Cabalgata de Reyes Magos rescató al niño interior que todos fueron y que, en noches como esta, todavía siguen siendo. No importó la edad ni el frío. Bebés, niños, jóvenes, adultos y personas mayores compartieron la misma emoción ante la llegada de los visitantes más esperados del año
A las 19.00 horas, y pese a las bajas temperaturas, miles de navarros salieron a la calle para acompañar a Sus Majestades de Oriente en su tradicional desfile, que partió desde el colegio Santa Catalina Labouré, en Abejeras, y recorrió distintos puntos de la ciudad hasta concluir en la calle Olite. Bufandas, gorros y manos enguantadas no impidieron que la ilusión volviera a imponerse al invierno en una de las noches más especiales del calendario navarro.
La comitiva real avanzó escoltada por carrozas temáticas iluminadas, comparsas de animación, grupos musicales y decenas de pajes que marcaron el ritmo del desfile entre los que se incluían los típicos abanderados italianos, los caballistas, la fábrica de juguetes, la Estrella de Belén o la Sagrada Familia. Las carrozas de Melchor, Gaspar y Baltasar, despertaron los aplausos del público, mientras los pajes repartieron cientos de kilos de caramelos a lo largo del recorrido.
En los primeros tramos del recorrido, Aitana López, de tres años, observó las carrozas desde su carrito, envuelta en una manta y con los ojos muy abiertos. “Mi Rey favorito es Baltasar porque siempre sonríe y saluda”, dijo Aitana, mientras señalaba una de las carrozas iluminadas. Su madre, Itxaso Lorea, explicó que la pequeña llevaba todo el día esperando ese momento. “Por la mañana fuimos al Portal de Francia a ver llegar a los Reyes y desde entonces no ha dejado de hablar de ellos”, relató. “Ha pedido cuentos, un muñeco y que los Reyes ayuden a otros niños”, añadió, mientras la niña aplaudía al paso de los camellos.
Unos metros más adelante, Lucas Aranguren, de siete años, aguardó con una bolsa de caramelos ya medio llena y la mirada fija en el desfile. “Me he portado bastante bien este año”, aseguró Lucas, con la seriedad de quien hace balance. “Esta mañana también vinimos al Portal de Francia y ahora quería volver a verles desde cerca. Mi Rey favorito se Melchor porque parece serio, pero luego siempre acierta”, explicó. Lucas contó que había pedido “un balón, un juego de piezas y un libro”.
Unos metros más adelante, Lucas Aranguren, de siete años, aguardó con una bolsa de caramelos ya medio llena y la mirada fija en el desfile. “Me he portado bastante bien este año”, aseguró Lucas, con la seriedad de quien hace balance. “Esta mañana también vinimos al Portal de Francia y ahora quería volver a verles desde cerca. Mi Rey favorito se Melchor porque parece serio, pero luego siempre acierta”, explicó. Lucas contó que había pedido “un balón, un juego de piezas y un libro”.
En la plaza Príncipe de Viana, Mikel Etxeberria, de 25 años, observó la comitiva junto a varios amigos. “Venir a la cabalgata es una manera de medir el tiempo”, afirmó Mikel. “Te das cuenta de que ya no esperas regalos, pero sigues esperando algo. Quizá recordar que aún sabes ilusionarte”, reflexionó. A su juicio, la noche “pone una pausa al ruido del año y te devuelve una calma que no se compra”.
María Urrutia y José Larraya, de 69 y 72 años, caminaron despacio junto a sus nietos, atentos a cada gesto de Sus Majestades. “Venimos por ellos, pero también por nosotros”, explicó María. “Cuando eres abuelo, la ilusión no se pierde, se transforma”, añadió su marido. “Cuando los ves mirar así, te acuerdas de cómo mirabas tú. La cabalgata te devuelve recuerdos que creías olvidados”, concluyó José.
El desfile continuó por Carlos III, Cortes de Navarra, las calles Amaya y Emilio Arrieta, antes de poner el broche final en la calle Olite, dejando tras de sí una estela de música, luces y nervios contenidos.Con el final del recorrido, los hogares navarros retomaron el ritual más íntimo de la noche. En muchas casas se dejaron preparados la leche, las galletas y el agua para los camellos Margarita, Niño y Pesao, que horas antes habían acompañado a Sus Majestades en su entrada a la ciudad y que, una vez más, pusieron nombre propio a la magia.