La visa para cruzar a Congo Brazaville nos obliga a meter las bicis en un autobús y pasar veinticuatro horas viajando para llegar a Luanda. El baile de equipaje en cada parada, el calor dentro, el estado de la carretera, convierten un viaje normal en una aventura. Al llegar, las calles abarrotadas jalean a la selección argentina, Leo Messi va a jugar en la capital en el 50 aniversario de la independencia. La gente no tiene comida que llevar a la boca, pero el partido cuesta doce millones de euros al país, que bien podrían ser destinados en cosas realmente importantes, pero la fórmula de “pan y circo” es eterna. El dichoso partido cierra la embajada.

Mientras esperamos a que abran aprovechamos para conocer la realidad del agua en un barrio de la capital, San Juan. Luanda combina edificios de lujo mirando al mar con niños rebuscando en la basura que se acumula y se siente por las calles. A pocas manzanas aparecen barrios de casas de chapa donde corre agua residual por calles llenas de basura. Beben el agua que se filtra de las paredes y que por su transparencia parece limpia. Nada esto importa, Messi marca el segundo gol y todo el mundo está feliz. 

Nuestra visa de Angola llega a su fin, tenemos tres días para salir del país. El ferry Luanda-Cabinda está averiado, “podéis ir desde Soyo mañana”, la taquillera nos lo dice como si meter dos bicis en diez horas de autobús y llegar a tiempo al ferry de las 6:00 de la mañana fuera fácil. Al día siguiente una cola infinita de personas con fardos espera a que abran la verja para conseguir una plaza en el barco. Nosotros vamos en bici, somos blancos y tenemos billete.

La combinación supone un salvo conducto que nos coloca, no sin dificultad, en dos de los asientos. Desde dentro, pegados al cristal y sudando tinta, vemos cargar cientos de bultos mientras las bicis siguen en el puerto. Con el motor en marcha y nuestro corazón a mil revoluciones, de malas maneras, las ponen sobre una montaña de maletas. Toca confiar y esperar que al llegar a Cabinda todo esté en su sitio. Viajar en África tiene sus saltos de fe. 

Madre acompaña a su hija ingresada en el Hospital de Ebomé.

A las horas bajamos la rampa al otro lado del río Congo. En realidad es la región de Cabinda, el Congo portugués que no se siente angolano y busca su independencia desde 1975. Hay militares y grupos armados por el camino y es una zona aparentemente insegura. La etapa hacia la frontera es un camino que nos anticipa la selva ecuatorial. El calor, las lluvias, la humedad formarán parte de este mes cada día. Hablamos con militares dispersos a lo largo de los 100km, con sus Ak47 heredadas y desgastadas de décadas de uso. Mostramos nuestra mejor versión y esquivamos problemas. 

Al día siguiente, a las 8:00 de la mañana, en nuestras últimas horas de visa, esperamos a que abran la valla para pasar la frontera. Hay que estar preparado para solicitudes, preguntas y chequeos absurdos. Llevamos fotocopias de todo, excepto de la licencia de conducir bicis, que no existe, pero que exigen para conseguir algo de dinero. Sonrisa, silencio, mirar al cielo, sonrisa, paciencia y al final, seguimos camino. A partir de ahora una misma moneda, el CFA y el francés, tercer idioma de África desde que llegamos a Johannesburgo. Dejamos atrás los millones de motos y damos paso a taxis toyota de color azul y blanco, casi tantos como personas. 

Niños de Khasima, Angola.

Los niños y muchos adultos nos llaman o “turist” o “chinoise”. África es de los chinos, están sacando recursos en casi todos los países, en algunos hasta el 70% a cambio de carreteras de saldo que se rompen pronto u otras infraestructuras. Petróleo, oro, cobalto, litio, madera… cualquier recurso que no implique gastar los de su país y que le ponga a la cabeza del comercio mundial. Estrenamos Congo con 40km de ciudad en Point Noire, ahí cumplimos los 8.000km de rumbos olvidados. Mercados abarrotados, vehículos con torres imposibles sobre sus techos, camiones enormes por una carretera perfecta hasta Dolissie. Ahí desviamos nuestra ruta hacia Gabón en otra de las aventuras del viaje. 230km de caminos a ciegas. Google maps no tiene datos de las carreteras y poblados hasta Camerún.

No tenemos otro camino y es época de lluvias, nos preparamos para lo peor. Sobre el papel serán cinco días, pero el sol está de nuestro lado, ha secado los caminos y oportunidades así hay que pillarlas al vuelo. Nos cargamos de agua extra y de comida para hacer la etapa más larga de todo el viaje, 136km con calor por caminos de tierra. Poblados de casas de madera, con niños y mujeres caminando por la tierra y animándonos. Terminamos al atardecer en Loubetsi y la lluvia amenaza, nuestro refugio un cuarto de dos por dos metros donde conseguimos meter las bicis y las alforjas. Dentro a 30º nos protegemos de los mosquitos y de una rata que trata sin éxito de romper la bolsa de comida que termina con nosotros en la cama. No pegamos ojo, pero evitamos la tormenta que ha caído. 

Dos etapas más de caminos donde esquivamos la lluvia por el día, aunque no los charcos de barro que sumergen nuestras bicis hasta las rodillas y nos obligan a ir mojados todo el día. Es increíble, pero a todo se acostumbra uno. La frontera congolesa es un estercolero donde viven sólo hombres, basura, arroyos verdes de los que emanan olores y mosquitos. Toca pasar por la oficina de inmigración, la aduana, la gendarmería, la policía, todos quieren su cuota de preguntas y cada uno nos arranca un tiempo valiosísimo en una etapa larga hasta el primer pueblo de Gabón, Ndendé, donde tenemos que sellar la entrada. Las paradas pasan factura y la lluvia que no ha caído en tres días, lo hace los últimos veinte kilómetros. Nos da igual, pedaleamos con una sonrisa bajo la lluvia ecuatorial, hemos sobrevivido a 230km de caminos a ciegas. 

Dos horas esperando a que nos sellen y un cuarto/sauna lleno de mohos y olor a pis, son nuestro estreno en Gabón. Cenamos en el único puesto del mercado que está abierto. Un plato de arroz con pollo recalentado dentro de un local iluminado por una bombilla perezosa. Comer en los puestos de África no es apto para escrupulosos, las paredes rara vez están limpias, las mesas tienen restos de todo el día, la comida lleva horas en recipientes de plástico y los platos y vasos los lavan en un cubo con agua que reutilizan sin cesar. 

Niño quiere ser militar, Acurenam, Guinea Ecuatorial

Las etapas de Gabón comienzan con carteles de cuidado elefantes. Parece a simple vista que es una posibilidad entre miles, pero todos los días nos hablan de los ataques que sufren por las noches. Uno de los días nos acoge un militar francés que nos ve en la carretera y la única condición es que no salgamos de noche, “suelen venir panteras y elefantes a rebuscar en la basura”, “tranquilo, si hay que quedarse en casa…”. Si tuviéramos que poner un recuerdo a Gabón sería el de los camiones chinos con troncos. Decenas cada etapa, con árboles enormes. La imagen es dolorosa porque en dos semanas de pedaladas hemos visto pasar un bosque entero cortado. La selva es frondosa hasta que un día es un lugar asolado, sin animales, sin personas, sin oxígeno, sin futuro. 

Una de las etapas de Gabón acaba en Libreville, su capital, llegamos un viernes. Decenas de kilómetros de atascos, ruido, caos. Pedalear por una ciudad africana es un deporte de riesgo para los pulmones, no hay vehículo sano y los tubos de escape parecen fábricas. Tras las gestiones en la capital, salimos un domingo y parece otra ciudad, calles vacías para nosotros, silencio y paz para enfocarnos hacia Coco Beach. En el camino dormimos en una escuela. En ella dos profesores se reparten la enseñanza para cinco cursos. Mientras unos reciben la lección el resto lee. El único pozo del pueblo está roto y sacar agua es un gimnasio diario porque la manivela se ha roto. “Pregunta cuanto vale y te lo arreglo”, Pieby, el profesor nos mira alucinado, no sabemos si le sorprende más que dos blancos lleguen por caminos de tierra hasta ahí o que le vayan a arreglar el pozo (mientras leéis este artículo, el pozo ya está en marcha). 

Cruzar a Guinea Ecuatorial es una de esas experiencias africanas que nadie quiere, pero que siempre recuerda. En la oficina de inmigración, el piloto de la barca que nos llevará al siguiente país sale con nuestros pasaportes en la mano y nos pide seguirle. “Mi pasaporte va conmigo”, el policía nos mira y responde: “no, él te lo dará cuando subas a la barca”. No tienes otra que respirar y seguir al resto de pasajeros que pasa por el mismo aro. El objetivo es obligarte a pasar por su aduana. Al final de una calle tu barca espera, ahí dos hombres ebrios con un brazalete de “Aduane” te dicen que cuánto les das para no abrirte las maletas, a la vez el piloto te pide tres veces más por llevar tus bicis y no puedes hacer nada porque tu pasaporte lo tienen ellos. Le das su parte al policía borracho, lo suyo al piloto y ves como suben tus bicis a una barca y te despides de ellas porque tienes que volver a inmigración para subir desde ahí. Todos te miran desde su pedestal de corrupción y el resto de pasajeros la asume como algo normal. Nos mojamos para subir desde la orilla a una barca que zozobra por las olas y ponemos rumbo a Guinea. 

Por fin damos descanso al cerebro, primera vez en meses que hablamos en castellano. África y entenderles nos es una conexión en tu cabeza. Dentro de su pobreza, es un islote entre países francófonos. Casi no vemos basura, las casas dan un salto de calidad, las carreteras son perfectas, casi no hay tráfico, parece otro mundo que te baja las pulsaciones de estrés para centrarlas en un paisaje selvático exuberante. La pega es que los perfiles de las etapas no dan tregua y acabamos exhaustos en todas, sobre todo la primera que en un momento de la etapa nos lleva a tumbarnos en el arcén a tomar aire y valorar la posibilidad de dormir al otro lado del quitamiedos.

El problema es que hay elefantes y muchos ataques. Nos sorprende la honestidad en las respuestas de la gente, ante nuestro “¿qué tal?”, muchas veces recibimos un “regular”. Nunca en todos nuestro viajes alguien había respondido con algo que no fuera un “bien”, aunque sea mentira. A lo largo de todo el país el sonido es el de decenas de desbrozadoras manteniendo los arcenes de sus fabulosas carreteras. Estas cosas que tienen estos gobiernos, “antes muertos que sencillos”, el país tendrá hambre, pero la foto, que quede bien bonita. 

Niños jugando con juguetes hechos por ellos, Mouillá, Gabón

El paso fronterizo hasta Camerún es un calco al anterior, conversaciones ridículas de la policía de inmigración para sacarnos dinero. Se acaban cuando decimos la palabra “primera dama”, siguen con su teatro, pero funciona porque al rato tenemos nuestros pasaportes y nos peleamos con el barquero para que nos pase al último país de África. 

Comenzamos nuestro país veinticinco con caminos de tierra, rampas y mucho calor. Regresamos a los miles de motos con cargas imposibles, casas de madera, basura y el francés. Nuestro oasis guineano ha durado ocho días. Nuestra primera parada importante llega después de horas de caminos por la selva hasta Kribi. Ahí está el Hospital de Ebomé que dirige una ong navarra: Ambala. Lo visitamos y conocemos al fundador porque de casualidad esta de campaña quirúrgica esos días. Ricardo Cortés es un personaje merecedor de un documental, una trayectoria como médico en más de siete conflictos y cuarenta años de experiencia en África. 

Pasamos Navidad a 35º con el sonido del Atlántico y las palmeras. De las casas cuelga algún motivo navideño que nos recuerda las fechas, pero la mayoría de luces parpadean por los bajones de tensión habitual. El 26 de diciembre afrontamos un bloque de seis etapas hasta Dschang, chincheta clavada en el mapa desde que salimos tres meses y medio antes de Sudáfrica. El estado de las carreteras es penoso, el peor del África que hemos pedaleado. Agujeros que obligan a los autobuses y camiones a hacer eses por el asfalto a velocidades impensables. Somos nada en la carretera y extremamos las precauciones. Para evitar Douala, una de las ciudades más grandes del país, hacemos un camino duro y espectacular a partes iguales. Sufrimos los calores, los caminos de tierra y los toboganes. Nos cruzamos con motos que transportan cientos de kilos, tubos, árboles, seis personas, todo lo imaginable. 

Estamos llegando a la zona que linda con el conflicto de la región anglófona, se le suman las revueltas tras unas elecciones fraudulentas de Paul Biya, el gobernante no monárquico que más tiempo ha estado en el poder, 50 años. Una momia viviente mantenida para que su séquito siga viviendo de la corrupción. Desde Angola, ya no hemos vuelto a ver esa pobreza extrema que lleva a pedir comida. Los niños siguen siendo vulnerables, trabajando a pesar de la edad, pero no se ven desnutridos. Hemos hecho un recorrido por la infancia y nada cambia, cargan garrafas, trabajan el campo, caminan descalzos con ropas ajadas, pero siguen siendo niños. 

Niños Dolissie, Congo Brazaville

El último día del año salimos de Melong, última etapa africana. Partimos con los primero rayos filtrándose entre la niebla y las palmeras, con el mercado callejero efervescente a pesar de las horas. Un llano que precede al último escollo, la Falaise de Dschang, hace un año hubo un desprendimiento y murieron personas en la carretera, hoy “está abierto” y diez kilómetros de puerto exigentes son el broche perfecto para dar épica a este continente. Vamos lentos, sudorosos, disfrutando de una subida que se asoma a las montañas llenas de árboles a 1.500msnm, todo va perfecto hasta que un camión se nos lleva puestos y nos arrastra decenas de metros donde todo pasa ante nuestros ojos, de repente para, caemos, estamos bien, pero las bicis destrozadas. Bajan del camión por vergüenza, ante nuestro estupor y aprovechando que comprobamos que respiramos, arrancan y nos dejan en mitad de la nada, con la bici muerta, el corazón desbocado, lágrimas de impotencia y a diez kilómetros del tercer proyecto. Llevamos 10.000km, estamos vivos y eso vale oro. Podremos construir los dos pozos, poner las placas solares en el comedor escolar, montar las incubadoras y colaborar en el hospital. Nosotros vivimos y el proyecto también. Rumbos Olvidados late y os lo seguiremos contando, queda mucho por recaudar y tenemos las energías intactas para conseguirlo todo.

HISTORIA Y PERSONAJE

La lista de atropellos que Europa ha hecho a lo largo de la historia en África es infinita. Uno de ellos fue la trata de esclavos. Más de 15 millones salieron en barcos rumbo a América, vendidos en muchos casos por jefes tribales. El 25% moría en el viaje, algunos sin embarcar. España fue el último país europeo en abolir la esclavitud, 1873. Mauritania el último del mundo en 1981. Hoy, no nos engañemos, sigue habiendo esclavos, trabajan para multinacionales 16 horas al días por una miseria en condiciones infrahumanas en Bangladesh o mueren enterrados extrayendo cobalto en minas ilegales en República Democrática del Congo. 

R.D. Congo, antes Zaire, antes Congo Belga y antes el estado Libre del Congo, una colonia personal de uno de los mayores depredadores de la historia: Leopoldo II. Este ser vendió en la conferencia de Berlín de 1885 que iba a hacer una labor filantrópica para acabar con la esclavitud y pacificar. Aquella manipulación supuso de 1885 a 1908 un gobierno de terror. Desplazó a voluntarios para someter a las tribus, contrato a Henry Stanley, el famoso aventurero para convencer a los jefes tribales de que les vendiera sus tierras para explotarlas. 

Primero fue el marfil de miles de elefantes muertos, luego el caucho, le siguieron los diamantes y piedras preciosas. Se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo habiendo matado a más de la mitad de la población por los trabajos forzosos.

Edmund Dene Morel, periodista británico, atraído por el discurso inicial de Leopoldo comenzó a trabajar en navieras al servicio del rey y al llegar a África y escuchar las denuncias de los misioneros y verlo con sus propios ojos, se convirtió en líder de la denuncia de los abusos. Junto a Roger Cassament fueron los mayores detractores y consiguieron llevar a juicio y poner a Europa en contra de las atrocidades, pero la lentitud de los procesos no salvó al Congo y jamás reparó el daño causado.

PARA SABER MÁS

Si queréis seguir este viaje solidario podéis hacerlo en rumbosolvidados.com.

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